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A quiet Lullaby

Hay días en que estoy feliz. Pero también, y creo que son los más frecuentes, hay días en que una gris nube acapara todo en mi mente y no me permite percibir los colores. Ningún color es visible, más allá del negro y el blanco. Lo triste es que en esos días mis imágenes son además un low key, así que en ellas abundan las sombras y el no-color negro.

No se que sucede, pero se supone que debería estar feliz, debería estar agradecida a la vida por los chances que me ha proporcionado. Estoy en un hermoso país con nuevas oportunidades, he visto la nieve por primera vez y pronto llegará la primavera. Debería estar sonriente pero la tristeza es lo que más abunda. ¿Qué me sucede?

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Hoy fue un día largo.

Para empezar, a medio día, subí al bus que iba en dirección opuesta a la que -contra toda lógica- necesitaba ir para abordar otro bus, 18 minutos después.

Recibí la confirmación, del lugar en el que debía presentarme, a medio día. Consulté en google maps, en la aplicación de los buses públicos y tracé la mejor ruta, que implicaba salir de casa corriendo, porque si no alcanzaba el primer bus de las 13:10, perdería el siguiente bus y tendría que esperar una hora.

Llegué a tiempo, confirmé que era la línea correcta y me subí al bus muy orgullosa de mi logro. Pagué mi boleto, me senté, me quité los guantes, el gorro, abrí mi abrigo y suspiré aliviada de haberlo alcanzado. Quise confirmar en mi celular el nombre de la parada a descender, y entonces me di cuenta que había tomado el bus en dirección opuesta. Cogí mis cosas y me paré para consultar, justo cuando el bus entraba en la autopista y el conductor, un portugués de gafas oscuras, aceleró. Nos dirigíamos a la ciudad capital de Luxemburgo, esa era la siguiente parada, en treinta minutos.

Volví a mi lugar apabullada por mi propia inexperiencia y mi falta de tino e inteligencia espacial. Faltaba nada para las 13:28 pero aquí estaba yo, alejándome cada vez más de mi destino y allá, quien sabe donde exactamente -google maps lo sabe- estaba mi bus, seguramente partiendo. Sin mí.

Cogí mi celular resignada en busca de la siguiente acción a tomar. Y ya llegando a la parada final, me preparé para bajar a toda marcha y salir corriendo, como desquiciada. Había decidido tomar un tren que me llevara a mi destino final sin necesidad de hacer transbordos de autobuses en paradas que no conocía. Consulté google maps y confirmé que mi tren salía 13:55, miré el reloj, eran las 13:43. Todavía hacía falta tomar otro bus para llegar a la estación de trenes. No era lejos, así que había una posibilidad, muy remota, de que lograría llegar a tiempo. Decidí apostar por lo incierto y comencé a correr.

Correr como desquiciada era exactamente lo único que podía salvarme de perder el tren. Corrí las dos calles que me separan de la parada de los buses que me llevan a Gare Central, por suerte ahí siempre hay buses y todos van a la estación. Al medio del camino, una construcción (desde siempre) con varios obreros que indicaban el camino y los movimientos a una enorme pala mecánica. Los esquivé y mirando a la cara del conductor de la pala mecánica, seguí corriendo, esquivé un perro que se asustó al verme pasar, un carrito de bebé y varias personas, llegué a la esquina y esperé unos diez segundos antes de poder subirme al primer bus que apareció.

Me senté. Más bien, apoyé mi cuerpo en un asiento, quisiera decir “aliviada” pero estaría mintiendo. Mi estrés aumentaba al ver que varias personas ancianas habían decidido también tomar este bus. Miré el reloj del bus, 13: 52, parecía ser que no lo lograría.

El bus hizo dos paradas más y pude ver el ángel verdusco que adorna la Gare Central (no estoy segura de que sea un ángel pero así suena poético). Me preparé nuevamente para correr, a la medida de lo que me lo permitieran mis piernas que, con dos pares de pantalones trataban de soportar el frío de invierno europeo. Incómodo para unas piernas latinas que vivieron el mayor tiempo descubiertas, no está de más mencionar.

Corrí una cuadra, me fijé en el semáforo que daba verde y seguí corriendo, había otro semáforo en la otra esquina, la estación es larga y mi tren sale del andén 1. La gente me sentía pasar y volteaban, yo tenía encima la chamarra, la mochila, un gorrito de lana y botas. Si no sabes lo que es correr así de abrigado, no debes conocer lo que es sentir en carne viva la impotencia. Pones toda la fuerza posible en tus movimientos pero tus piernas te parecen tan lentas, como si pesaran, como si tus movimientos fueran ridículamente exagerados que te llevan a duras penas a ganar un ritmo de velocidad penoso. Llegué a mi andén, mi tren seguía ahí.

Corrí y corría feliz porque lo había conseguido. Le había escrito a mi amiga: “Si lo logro voy a ser mi héroe”. Y estaba a punto de serlo. Tenía tantas ganas de grabar mi llegada triunfal al tren en el último segundo para luego mostrársela. Corrí y mis movimientos eran cada vez más lentos -o igual de lentos pero notablemente más inútiles- no llegaba nunca. Ví al asistente del tren caminar a lo lejos, tocó el silbato que significa que es hora. Corrí agitando mis brazos haciéndole señas, no se si me vio pero desapareció subiéndose al tren. Y llegué.

¡Llegúe! Apreté el botón verde rodeado de lucecitas pequeñas de color verde. Ya no respondía. Lo apreté varias veces, por favor por favor. Nada. La puerta no se abrió. El tren salió frente a mis rostro helado. Se fue y mi esfuerzo había sido en vano. Miré el reloj enorme que ponen al medio de todo andén: 13:55.

Media hora después partía en el próximo tren. No hubo gran pérdida, pero si tienes que llegar a tiempo a alguna clase, exámen, trabajo, pues ahí empezarías a maldecir.

Al volver mi historia fue parecida. Estaba en la misma estación, en el anden 1 y me subí al ascensor, para llegar al subterráneo, 2 minutos antes de la salida de mi tren, en el andén 9. No es que me apasione vivir al filo del peligro, pero es que a veces tu tren anterior llega exactamente x:03 minutos y tu siguiente tren parte x:05. Tienes que volar, sin cometer ningún error y puedes lograrlo.

Corrí en el subterráneo y me monté -al que creí- el último ascensor para subir a los andenes. Y al salir del ascensor pude ver mi tren, al otro lado de las rieles. Había tomado el ascensor que me llevaba al andén 8, no al 9. Maldición. Regresé y los segundos que se tomaba el pinche elevador en abrir y cerrar sus puertas me parecieron sacrilegio. Al final del pasillo subterráneo ponía 9, el ascensor no estaba así que cogí las gradas. Corrí, corrí, llegué y el tren ya se había ido. Tren madafaqa.

Otra vez tuve que perder media hora de mi día esperando el siguiente tren. Me subí quince minutos antes, no había manera que se me escapara de nuevo.

Mientras bebía de una botella de agua para calmar mis nervios, una vez ya sentada y segura en mi tren de regreso a casa, contemplaba los demás andenes. Un tren llegó, las puertas se abrieron y un par de adultos jóvenes salieron corriendo, como desquiciados. Seguramente tenían una conexión en algún otro andén. Ahora los entiendo. Tal vez ahora no me importe mucho esperar media hora más, pero cuando tienes compromisos serios, perder el tren deja de ser una posibilidad. Recordaba mi vida en Bolivia, recordaba que al chofer del microbus le podía haber dicho: ¡Maestro! ¡Pare! estoy yendo hacia la dirección incorrecta, y él, tras protestar y gruñirme, hubiera arrinconado el bus y hubiera frenado en seco -primero para desequilibrarme y sonreírse, malévolo- y luego para que yo bajara y solucionara el error que, allá, no me perseguiría durante todo el día. Así son, buenas gentes.

Ahora entiendo a quienes me decían que en Bolivia la vida es más tranquila. Allá si llegas tarde puedes rogarles y hay esperanza. Porque aquí, una vez que el tren te deja, el sentimiento de pérdida y frustración te persigue todo el día. Te deja intranquilo, nervioso. Una vez que has perdido un tren, tu día feliz ya no puede ser el mismo.

Y así, terminas siendo parte del estrés de una sociedad que vive apurada.

Pero, a favor de esta sociedad apurada, debo decir que aquí tienes otro tipo de tranquilidad: la tranquilidad de saber que las cosas funcionan. Porque funcionan como reloj.

lux

 

Lecturas, Los tiempos. Domingo 11 de Agosto. 2013.

Lecturas, Los tiempos. Domingo 11 de Agosto. 2013.

La imagen corresponde a la publicación de la primera parte de un cuento inédito, que publico entero, a continuación.

La Partida

Tenía que despedirse de su padre, tenía que, sin importar si quería hacerlo o no. Había tratado de no pensar en ello, así las cosas se sucederían más naturalmente. Saludaría a su padre, él le preguntaría si todo está bien; “Sí, todo bien” contestaría ella con la convicción de siempre; entonces hablarían del clima o tal vez de las plantas que se secan en el jardín. Y sólo al momento de despedirse, cuando su padre le hiciera la pregunta, más por cortesía que por realmente ser  importante, ella respondería “La siguiente semana no podré venir, voy a estar de viaje”;  su padre seguramente le preguntaría “Y a donde” y ella respondería sin hacer ningún énfasis “Me voy a España”. Ninguna palabra más sería necesaria. Ambos sabrían que el abrazo de despedida, podría ser el último que se dieran en la vida.

Mientras iba en el autobús, se preguntaba si su padre ya se habría enterado, las noticias vuelan, especialmente los chismes; así que era muy posible que todo el mundo ya lo hubiera asimilado, incluso más que ella misma. No sabía si sentir alivio por no tener que decirle o empezar a sentir el tedio de las preguntas que seguramente antecederían a las recomendaciones paternales para el viaje, las cuales extenderían sin mucho problema su visita en una o dos horas más del tiempo previsto. Esperaba sinceramente que no se hubiera enterado, tener que decirle ella y así no dejarle tiempo suficiente de reaccionar en su presencia.

Seguramente, si le daba la oportunidad, él trataría de disuadirla, de convencerla que no necesita irse para tener una buena vida, que aquí hay buenos chances si uno sabe buscar. Seguramente le ofrecería incluso vender la casa si era una cuestión de dinero; pero ella no estaba dispuesta a ceder, lo había decidido. Estaba tan excitada por la expectativa de una nueva vida, llena de gente nueva, de oportunidades emocionantes, que no hubiera cambiado ese viaje por ninguna cosa en el mundo. Quería empezar de cero, poder ser otra persona, hacer de cuenta que nunca fue la Marissa que es hoy, ser una mujer totalmente nueva y feliz.

Marissa vendría hoy, era el día programado tácitamente por ambos para la visita, ella siempre llegaba con un ademán de noticia inesperada y él la recibía con un gesto de sorpresa. Su hija había sido siempre muy tímida y ahora él se sentía culpable por haberla protegido demasiado en su niñez. Por eso ahora la dejaba ser, no le hacía ningún tipo de preguntas personales y generalmente no tenían mucho de qué hablar. Muchas veces la había notado aburrida en su presencia, pero el trataba siempre de buscar algún tema de conversación, habían llegado a hablar incluso, más de una vez, de las rosas secas que él no había plantado en el jardín.

Los días de visita, él lavaba los individuales y los ponía a la mesa, con un par de tazas encima; así ella no podía escapar al tecito de la tarde, y aunque se lo bebiera rápido, les daba al menos algo de tiempo para estar juntos en silencio. Hoy, media hora antes del momento en que la vería llegar detrás de sus ojos adormilados, ya tenía la mesa lista y el agua hervida, sacó el pan de la olla y lo dejó en una bolsa plástica, sobre el panero. Se sentó a esperar.

Anteayer le habían dado una noticia que lo había dejado desconcertado. En ese momento no sabía muy bien que sentir, no podía evitar el temor, tuvo ganas de llorar, pero al mismo tiempo pensó en su soledad, en la ropa de su esposa que llevaba años guardada en el mismo ropero, en su hija, en su perro y único compañero muerto hace poco más de un mes. No pudo llorar, ya no tenía las lágrimas necesarias. Además siempre había pensado que el llanto de los ancianos es poco menos que patético.

Había tenido estos dos días para pensar en cómo debía actuar frente a Marissa, si debía tocar el tema o mejor no, tal vez debía esperar a que ella empezara a hablar de eso, tal vez recordara lo que él le había anunciado la semana pasada. Pero tal vez no. Sentado en el sillón, bajo la penumbra de las cortinas que alguna vez fueron azules, había decidido que lo mejor era fingir que nada pasaba hasta el momento de despedirse, y si Marissa no decía nada hasta entonces, dejarse quebrar en el último instante. Darle la noticia. Le había dicho, en la anterior visita, que esta semana debía acudir al médico, lo que no le dijo era que tenía cáncer terminal, que había hecho metástasis en el hígado. No le quedaban muchos días de vida. No sabía como iría a reaccionar su hija. Nunca tuvieron una buena relación. Prefirió pensar en otra cosa antes que tratar de adivinar el diálogo y humedecer sus ojos antes de tiempo.

Marissa llega a la casa de su padre. Atraviesa la puerta y descubre al anciano pensativo, mirando hacia la caldera que exhala un vapor sin prisas. Su padre la mira, ella le extiende una mirada de infinito cariño, él contesta con una mirada triste, pero por la edad y las ojeras, Marissa no la distingue. Para ella es la mirada de sorpresa con la que él siempre la recibe. Está más calvo y más delgado, mucho más delgado. Por su parte, el anciano piensa que su hija tiene hoy un brillo especial, se ve más feliz, incluso lo abraza. Mientras recibe el abrazo, piensa que es mejor no arrebatarle su brillo.

Las personas tienden a ser poco sinceras. Marissa examina la posibilidad de esconderle la noticia a su padre y ahorrarse una dramática despedida. Su padre piensa lo mismo. No saben que arruinan su oportunidad de, por una vez, comprender al otro, de entender las miradas tristes y los brillos nuevos, de abrazar con sinceridad y llorar en el hombro, de olvidar los malos años y darle una oportunidad a las nuevas relaciones personales. Sí, nuevas, aunque esta relación fuera de toda una vida, era una relación personal mediocre. Pero parece ser que las personas gustan de las relaciones personales mediocres. Entonces, viéndolo así, está bien que este anciano que bebe de su taza de porcelana, no pueda mirar a otro lugar más que al panero sobre la mesa, luchando porque la bola de lágrimas le permita tragarse cada sorbo de té caliente. Entonces está bien que se quede en silencio mientras Marissa habla de quien sabe qué, está bien que pose de momento en momento sus ojos, que expresan las cosas de manera equívoca, sobre los de su hija y no diga nada. Si las personas huyen de la verdad y les gusta mentir, para no perder en la batalla que ellos mismos inventaron, entonces está bien que Marissa le cuente a su padre anécdotas inventadas y mastique el pan mirando en dirección a la ventana. Entonces está bien que sea un adiós a medias, que cada uno cuente en su corazón este té de las cinco como el último juntos. Entonces está bien que se pierdan en su orgullo, en su perdón infinito, en su lástima. Entonces son una familia feliz.

Domingo 11 de agosto del 2013.

Say hi to Kim

Había una niña que amaba los tenedores.

Sus padres trataron de hacerla amar una mascota, es lo que todos los otros niños hacen.

Pero la niña del nombre de tres letras parecía querer soñar con pasarelas.

Sus padres eran muy respetuosos de las costumbres, pero ella era obstinada y como las costumbres son huecas, sus padres tuvieron que agachar la cabeza. En lugar de celebrar sus dulces dieciséis, observó sus piernas trepadas sobre peligrosos tacones, moviendo el mundo con su flequillo negro, dibujando cada paso sobre la gran serpiente de piel lisa y brillante.

Lo había conseguido.

Kim era una niña que amaba los tenedores y los amaría hasta ser uno de ellos. No era extraña, sólo era una niña triste. Como tantas otras.

Ella buscó vestir perlas y conocer íntimamente a cada una de esas cámaras. Lo buscó con ansias, estaba dispuesta a entregarse.  Por eso no reclamaba cuando los diseñadores tomaban más, los fotógrafos más, los seguidores más. Hasta que no quedó mucho para ella misma. Sentía que estaba sola, sentía que su alma, al igual que un tenedor se dividía en partes delgadas y frías. Que se convertía de a poco en un monstruo, o mejor  en un fantasma.

Un día soñó que todos la lloraban, que su novio punk ya no estaba, que en su blog nadie le dedicaba un hola a ella. En el sueño tuvo la sensación de que su vida no era tan perfecta como la había soñado tantas noches antes, en su cama infantil, allá al otro lado del mundo.  

Casi nunca dormía y cuando lo hacía, tenía sueños que no eran de esos sueños que construimos para perseguir. Sus sueños ahora eran sólo sueños de la misma forma en que los ronquidos son sólo ronquidos. Eso no le gustaba. Por eso siempre recordará la noche en que durmió sin soñar y el día cuando al despertar lloró porque se sentía feliz. A veces era feliz.

Pero la soledad era muy certera, ¿de que le servía sonreír si nadie le miraba la sonrisa? Todo el tiempo pensaba que en esas condiciones era muy difícil ser quien era y le dolía no poder simplemente abandonar su piel para irse a ocupar otro cuerpo. Le dolía más saber que aún si pudiese hacer eso, su alma seguiría siendo la misma.

En su blog pidió un hola para siempre. Pensó en esas fotografías desnuda, sus padres habían agachado la cabeza al oír a todo el barrio hablar de ellas, a todo un país. Pensó en las perlas que vestía. Pensó en lo raro que sentía al leer sus antiguos textos y confirmó que ya no tenía motivo para sonreír. Se equivocaba, pero nadie se lo dijo.

La niña que amaba los tenedores descubrió las sogas. Descubrió París, su lado oscuro que invita. Descubrió que estaba triste con una tristeza que no conocía límites, una tristeza encaramada en tacones demasiado altos para ella, una tristeza dispuesta a tumbarla de cualquier sueño, a despertarla con gritos. Sola. Descubrió que su tristeza le vencería, ella no pesaba mucho. Recordó  algún nudo y descubrió que su cabello se enredaba en la soga.

La niña triste no dejaría a su tristeza ganar. Sería libre sólo estando muerta, no viviendo triste.

Sus padres, acariciaron a la mascota que su hija nunca pudo amar y luego tiraron la colección de tenedores. Los habían odiado siempre. Los odiaban tanto como sólo se puede odiar a un tenedor.Imagen

Ha pasado ya tanto entre nosotros, y tan poco es real. Tantos diálogos inventados, tantas conversaciones que terminan en un beso que las corona, de esos besos que nunca vivimos. Un beso silencioso y nada comunicativo, sólo un beso. Un beso suave, un juntar labios sin compromiso, un rozar la piel sensible y sentir que se estremece. Un beso. Un ligero beso, al principio sólo blando y suave, luego un poco húmedo, sólo un poco. Entreabría los labios mientras los apretabas con los tuyos, los entreabrí apenas y sentí que tú hacías lo mismo, luego la dulce punta de tu lengua tocó levemente el negro espacio que creé en ese momento con mi boca, para ti. Tu lengua fue ensanchándose de a poco, acarició mis labios, se abrió paso por en medio de ellos, quise ayudarte pero no podía pensar en el beso, en el simple beso. Teníamos los ojos cerrados o es como te imaginé del otro lado de mis párpados. Es más fácil no pensar en el beso cuando se besa así, con los ojos cerrados. Sólo pude pensar en el silencio, en la oscuridad, en una suave textura, en mi respiración que se podía oír, en que perdería el equilibrio si me empujabas más con tu boca tibia, que con besos como éste la gente suele enamorarse. Yo no quiero enamorarme en las situaciones inventadas, sólo quiero probar que se siente un simple beso. Quiero saber cuáles de esos besos que nos dimos los saboreaste tú también. Pero cuando pienso en ti y en los besos que das como ser viviente del mundo real, sólo viene a mi mente aquel beso apurado y torpe en el que me aprisionaste con tu brazo, ese debió ser el único beso que nos daríamos en la realidad. Lo arruinamos. Fue nuestra oportunidad de vivir juntos un suave beso, pero quisimos algo más, quisimos hacer sufrir al otro. Cada uno de nosotros, por su parte, quiso ganar y que el otro se pudiera contar vencido. Fue algo tonto, pero a veces trabajamos activamente para que algo tonto sea todo el recuerdo que nos quede. Tantos diálogos inventados siguieron a ese único beso violento, torpe, de labio mordido, de cuello aprisionado y de no saber si abrazar era lo correcto.

Tantas veces inventadas en las que venías mientras llovía, cuando te dije con un mensaje, gratuito por ser irreal, “Aquí llueve hermoso” y tu contestaste “En todos lados llueve igual” yo te desmentí y te invité a venir. Tú llegaste con el pelo mojado y diminutas gotitas sobre tu rostro, me diste la razón: la lluvia en este preciso lugar del mundo era hermosa. Contemplamos mientras la brisa empujaba a su amante, la lluvia, de una forma tan distinta a todas las otras lluvias empujadas por las brisas, el sol, que brillaba más naranja que en cualquier fotografía que hubiéramos visto, las flores moradas que caían, bailando, sobre nosotros. Yo lloré en mi situación inventada, como siempre que soy profundamente feliz, no en las felicidades inventadas, sino en las reales. Tú no entendiste porqué pero comprendiste mi pequeño silencio, lo respetaste y no te sentiste incómodo, es importante decir que en mis situaciones inventadas nunca te sientes incómodo. Luego te miré sonriendo levemente y me acariciaste el rostro, entonces me dabas otro de esos besos, de esos que son solamente besos. Nada más. Yo cerré los ojos otra vez, siempre lo hago, no sólo cuando invento que te beso con los ojos cerrados, sino siempre. Me abracé a tu cuello y sentí en mi pecho, los latidos de tu corazón. Mi corazón junto al tuyo, bombeando algo parecido a la sangre, pero lleno de mariposas y de corazones dibujados con lápiz de color rojo; nuestros corazones, que no tienen forma de corazón, tuvieron un diálogo inventado por ellos mismos. Presumo, con miedo, que fue una conversación muy superior a cualquiera que hubiéramos podido tener en la realidad, tú y yo.

Inventé también situaciones en las que, estando triste te llamaba y me invitabas a pasar la tristeza mirando los árboles de tu jardín, sentados sobre sus raíces, esperando a que atardeciera. No veríamos un atardecer ideal, de esa forma romántica que todos desean, no sería un atardecer naranja, sino uno especial que a la vez era el más vulgar de todos. Sería un atardecer gris, para combinar con mi tristeza. Después de todo es verano y ésa es mi peor y mi mejor época, pero eso no lo sabes. Sentados en las raíces, protagonizando la situación inventada durante mi tristeza, veríamos el cielo despintarse, perdiendo todo lo que le hace ser cielo, perdiendo ese azul que a veces me encanta, veríamos las sombras irse desvaneciendo, veríamos a los árboles volverse negros por debajo de sus hojas, los veríamos perder sus formas y ese atardecer gris para mí no sería tan triste porque estaría contigo. Tendría un recuerdo hermoso de esa situación si tan sólo fuera real, si tan sólo nos hubiéramos permitido compartir, dejar ganar al otro, ceder y decir las cosas con franqueza.

Tengo tantísimas situaciones inventadas, en donde el otro protagonista eres tú, tengo tantos diálogos inteligentes e ingeniosos, donde tú terminas sonriendo y a veces yo termino dándote un beso, sonriéndote con los ojos. Tengo tantos días guardados en mi memoria inventada, en ese dispositivo móvil, intercambiable, que ya no se si corresponden a tu nombre. Ya ni siquiera se si puedo identificarte entre esos recuerdos, porque van tantas semanas que no te veo en la realidad, que creo que te inventé nueva sonrisa, nueva mirada dulce, nueva forma de conversar, nueva forma de decir mi nombre, sin equivocarte. Sé que es posible también que ya no seas tú en esas nostalgias inventadas. A veces lo prefiero así. Con tristeza pienso en la posibilidad que tenemos de arruinar además lo inventado. Porque es casi seguro que si viajáramos juntos a esos lugares o situaciones inventadas, tu parte del libreto no lo sabrías y seguramente arruinarías la lluvia hermosa o el gris atardecer porque te aburrirías, no te gusta contemplar. Dirías las cosas como no son y yo perdería la paciencia. Seguramente creerías que es el momento de un beso, pero sería un momento cualquiera, o tal vez un momento destinado a mirar los ojos del otro. Sin duda me “robarías un beso” y lo harías torpemente, como sólo tú sabes, es probable que después de ese beso te jactaras, en tu fuero interno, de ser quien decide cuándo y cómo besar. Nos quedaríamos en silencio. Te sentirías incómodo y hablarías de la borrachera del otro día, de chismes amorosos entre gente que nos es común, de tus amigos, de esas cosas que sólo les importan a las personas tan distintas a mí. Pensarías en una cerveza fría.

Por eso no quiero invitarte a mis situaciones inventadas, y no te preocupes, no te invitaré a componer nuevas. A ver si la tierra, en medio de su baile, en alguno de sus tempos, me permite conocerte y tal vez darme cuenta que tu actitud se debía a que tejiste tus propias situaciones inventadas, que todo fue un malentendido.

Sólo esperaré y que el tiempo me diga si en su almacén de destinos, existe uno todavía con nuestros nombres. Esperaré a que la vida me lleve donde tenga que llevarme, pero con sinceridad te digo que me gustaría encallar alguna vez a tus orillas, aunque sea sólo para darme la oportunidad de descubrirte. Para bien o para mal.

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