Archive for junio, 2009


Nosotros

Mi nombre es Galaiel y soy un ángel a sueldo. Dicen que fui creado mucho después que los otros, para reemplazar a algún ángel que quiso bajar a la tierra y ser un simple mortal porque se había enamorado y terminado en alguna historia cursi.

En mi corto periodo de existencia (llevo casi unos trescientos años apenas) he servido en diferentes puestos de trabajo: he servido de modelo para los variados cuadros en los que aparecía junto a vírgenes de todas las índoles; he protegido a una princesa huérfana sin que nadie le creyera que había sido una; he sellado tickets de cortesía en el cielo para piadosos que asistían a la iglesia con una mano en el corazón y otra en la chequera; he inspirado versos de amor en poetas y escritores tomando forma de mujer u otras formas; he sido escolta de un santo negro que no hacía milagros y también he sido el encargado de derramar sangre por el tubito que se conduce hasta los ojos de un busto llorón. Ahora, soy un ángel guardián, dulce compañía.

He trabajado siempre muy duro. Pero ésta es la única vez que mi trabajo me ha hecho cuestionarme acerca de la obediencia y muchas cosas más. Hace ya siete años que cuido de Santiago Rocha Rivera y mis dudas empezaron el día en que el aburrimiento me hizo mirar un poco más allá, en lugar de tener la mirada enfocada únicamente en Santi. Su padre cuidaba que no cayera con la bici y su madre corría al lado con su juguito en caso de que le diera sed, mi niño, estaba como siempre, ya bastante protegido; de todas maneras, yo lo seguía, tan cerca como su madre me lo permitiera sin tener que tropezar con ella y resultar de pronto en alguna historia cursi. Ese día por primera vez vi algo muy particular, a lo lejos, atravesado por algunos arbustos vi las siluetas de un grupo de niños, de la edad de Santiago y algunos incluso más pequeños, jugando a la pelota con una bolsa de basura en lugar de pelota. Me conmovió particularmente uno que corría sujetando sus pantalones que amenazaban con bajarse y ponerle zancadilla en cualquier momento; eran gigantes. No pude evitar pensar en los pantalones que la madre de Santiago echó a la basura porque le habían quedado chicos, esos pantalones sin duda le quedarían perfectos al niño de los pantalones gigantes.

En otra oportunidad los volví a ver, era de noche, un grupo más reducido, pero ahí estaba el niño de los pantalones gigantes, debe tener ocho años, aunque su cuerpito es diminuto. Hacía un frío terrible y me pregunté que hacían estos pequeños caminando por la calle sin sus padres a tan altas horas de la noche. Al ver detenidamente sus rostros me dí cuenta que no tenían más padres que esta fría calle.

Ese día al llegar a casa me pregunté si esos niños tendrían un ángel guardián. Fue cuando empecé a preguntarme muchas cosas.

Ya ángeles más antiguos me habían explicado que si Santiago y otros niños tienen ángel guardián es porque sus abuelitas se matan rezando por protección cada día y ofrendando por pagarla cada domingo. Tuve que entenderlo, o mejor dicho, tuve que obedecer aún sin entenderlo.

Quiero mencionar aunque sin detalle, las cosas que fui viendo de ahí en adelante, cuando ya tenía los ojos abiertos. La mujer con el bebé en la espalda que gritó con una voz tan débil y sin embargo tan cortante al ser tumbada por el hombre, también clefero, que la agarró tan violentamente de los cabellos; los niños que dormitaban al sol con las cabezas mal rapadas y sus incontables cicatrices en el rostro, sobrevestidos con montoneras de ropas ajenas; el bebé que agitaba un molinito de viento echo con papel y un alfiler en brazos de su madre que sentada a la puerta de un cine aturdía su cerebro con la clefa para no sentir el frío que ya la había estado molestando y el hambre que no dejaba de molestarla; la mujer que una noche espantó a los niños que descansaban en su puerta, echándoles con agua, algunos de ellos después anduvieron mojados toda aquella noche de invierno; las copiosas lluvias, las cuales ya no podía soportar mirando hacia fuera por la ventana del segundo piso, en el cuarto de Santiago donde siempre se está tibio, imaginando cómo estarían ellos acurrucados contra sus perros sin un mísero paraguas para protegerlos. Ya no era más yo, no entendía cómo esos niños que necesitan un techo, un padre, una madre, o aunque sea sólo uno de esos privilegios, estaban ahí fuera matando lo poco que les quedaba de vida, embotándose en clefa como si fueran adultos que habían encontrado que la droga era la mejor manera de ir muriendo, después de haber decidido suicidarse lo más lenta y dolorosamente posible.

Hasta que un día los escuché llorar. Entonces ya no pude más. No recuerdo haber vivido nunca algo más triste y más desesperante, tuve ganas de correr y consolarlos, de confortarlos. Pero no me está permitido descuidar ni por un instante a mi protegido, y ese día fui cobarde. Ya en la noche me volví a preguntar por qué esos niños no tenían a nadie que los protegiera, o una abuela o una extraña o aunque sea una monja para que rece por ellos y su protección, y por qué la gente permite que lloren en sus calles, por qué nadie hace nada, por qué la madre de Santiago en lugar de comprarle otra cama con diseño de autito, no utilizó ese dinero en regalarles siquiera una pelota, por qué los dejan mal-resolver sus problemas como si fueran adultos que alguna vez tuvieron en su vida una sola oportunidad. Y no encontré respuesta alguna. Entonces me dirigí a dios. Le pregunté todas esas cosas y me respondió que los caminos del señor son inescrutables, no le entendí. Le reclamé que esos niños tenían hambre y frío y me contestó que los había creado con libre albedrío y que ellos habían decidido su camino, fue cuando empecé de verdad a dudar, a dudar del libre albedrío, de la existencia de dios, de mí mismo. Entonces me rebelé y salí en busca de ellos, que se guarecen en una lata de clefa, en una botella de alcohol, para acallar su dolor, para esconder sus sueños frustrados o evitar tener alguno, para no avergonzarse de lo poco humanos que se ven, y lo poco humanos que son las personas que los rodean, para no poner de manifiesto el egoísmo de los otros, los que hicieron bien con su libre albedrío y no terminaron alcohólicos, sólo porque se les permitió tener una oportunidad en la vida, sólo porque tuvieron la suerte de nacer en una posición y un lugar diferentes. Salí en su busca y los encontré bajo un puente, tratando de no morir de frío, comiendo basura, abrigados sólo con su soledad, amparados en su propia existencia de la cual ni siquiera son dueños. Me los encontré ese día, y desde entonces no he salido más de allí, no he querido moverme, después de todo no creo que dios me castigue por mi rebelión ya que aquí nunca me encontrará, porque si existe, es seguro que por estos lados nunca viene. Desde ese día he inventado mi propia historia, la he repetido tantas veces que ya me siento parte de ellos, y ellos me han aceptado, me he convertido en un ángel borracho, he llorado de hambre abrazado a ellos rezando en puros disparates a algún dios inexistente para no morir de frío. He sufrido tanto con ellos que ya no son más ellos, sino nosotros. Pero allá la vida continúa, continúan las viejitas rezando por sus nietos, continúan los ángeles cuidando extra a los niños cuidados por su mami, su papi, sus abuelos y de paso la niñera. Continúan sus egoístas vidas porque a dios y las familias bien, les gusta el mundo kitsch y siempre hacen como que no nos ven.

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Julit@s

A toma una taza de leche, de la dietética y extra-calcio cuando le alcanzan el periódico. Le echa una ojeada a las páginas sociales y reconoce a unas cuantas amigas en el té de la Chichi Paz. Al terminar, cierra el periódico y en la hoja de los comerciales se encuentra con dos anuncios contrastantes.  Uno de ellos reza: Defiende tus derechos, Vota No. A piensa que todos los derechos están muy bien aunque tal vez no podría citarlos todos porque ella no estudia derecho, sino filosofía y letras desde el año pasado, cuando dejó la carrera de lingüística porque no era lo suyo. El otro anuncio del periódico dice: Vota por el cambio. A mira a su alrededor y piensa que todo esto está muy bien, que la ducha no estaba nada mal esta mañana, que la Dominga cocina muy rico y que no es necesario cambiarla, que su papá no podría estar en un mejor momento para los negocios y que si las cosas continúan de esta manera, en unos meses más lucirá en su dedo un segundo anillo, esta vez uno ya sin el enorme diamante. A contempla su anillo con una sonrisa de satisfacción y se levanta de la mesa, segura de que no necesita un cambio, de que nadie lo necesita; coge su bonito bolsón nuevo (necesitaba uno que combine con sus sandalias violeta, que honestamente no le gustan tanto pero que son el último grito de la moda) y alegremente lo va llenando: billetera, bolsita de maquillaje, celular, mentitas, los bolígrafos en su lindo estuche, la mini agenda, el IPod, y alguno que otro cachivache más; piensa en llamar al radio taxi, pero ya que sus sandalias y bolsón son violeta, combinaría muy bien con su convertible rosado. Sube al auto y sale a una calle llena de árboles y bonitas jardineras, mientras el tibio viento le alborota los cabellos recuerda que hoy es martes y tiene sppining en un horario diferente. Olvido el bolsón con la ropa deportiva del gimnasio. Solo le quedan dos alternativas: volver a casa y recogerlo, o no ir al gimnasio hoy y suspender hasta mañana el ejercicio en bicicleta. Decide que pasará por el shopping a la hora del almuerzo y se comprará un nuevo juego. Esta vez uno violeta.

B no está segura de si aún queda algo de la leche de subsidio en el fondo de la bolsa que compró clandestinamente de una amiga hace dos semanas, rápidamente piensa en usar la bolsita de té que sobró de ayer para improvisar un desayuno para sus hijos. B tiene dos hijos y lamenta que el mayor no esté lo suficientemente grande como para ir a comprar el pan, eso ayudaría mucho. Mira el reloj mientras le sube los pantalones encima del bucito de lana a Daniel que continúa dormitando de parado mientras su mamá lo viste para la guardería; a Daniel le hubiera encantado dormir un ratito más, pero no conoce ese placer, así que no reclama. Ya casi es hora y Julito todavía no ha encontrado su guardapolvo del jardín, revuelve juguetón las ropas sobre la silla en la que se amontonan hasta que llegue el fin de semana y mamá tenga tiempo para lavarlas. B desespera y revuelve con él, lo encuentran, arrugado y con una mancha de yogurt del desayuno escolar. B le ayuda a ponérselo rápidamente y agarra su bolsón, revisa dentro las llaves, las monedas, la chompa de lana, el rollo de papel higiénico. Las mochilas de los chicos: chompas, en una de ellas un cuaderno y un lápiz y en la otra un calzoncito y un bucito extra por si Daniel se moja. Los toma del brazo y los saca hacia la calle. Olvidó el desayuno. Los tres se encaminan por la calle polvorienta, los niños dando tumbos al tropezar con las piedras, caminan largas y silenciosas cuadras hasta llegar al jardín de niños, B limpia las lagañas de Julito mojando la punta de su dedo en saliva, y se disculpa con la regente que no pierde ni un momento, como siempre, para reñirle por los zapatos sucios y lo despeinado del niño.  Julito es por lo menos con media hora, el primer niño en llegar, así que aprovecha para descansar de los tropezones y en cuclillas a un lado de la puerta, recordar que tenía hambre. Al dejar a Daniel en la guardería, B tiene que luchar con él porque le da la pataleta, quiere que su mamá se quede, y porque sí conoce ese placer es que reclama. B lo abraza, pero luego tiene que desprenderlo con fuerza de su cuello y entregárselo a la cuidadora que ya la mira con mala cara. B sale presurosa esperando que nadie se de cuenta en el trabajo de lo tarde que llegará y se para en la esquina a esperar el micro, cerca de la venta de periódicos, se acerca, observa alguna que otra noticia con imágenes explícitas en la crónica roja, y en la plana de los comerciales dos anuncios. El primero reza: Defiende tus derechos, Vota No. B trata de recordar de la escuela cuales eran sus derechos. No está segura de ellos, pero si podría recitar los diez mandamientos. El otro anuncio dice: Vota por el cambio. B piensa con un suspiro: ojalá las cosas cambiaran. Cuando se descubre soñando, llega su micro colgando gente por la puerta, temerosa sonríe para ganarse algo de simpatía y espacio, sube apenas un  pie y el micro arranca haciendo que el señor gordo que va colgado en la puerta, aplaste con su cuerpo el de ella. Por suerte es delgada y puede sostener medio cuerpo afuera del micro agarrada con una sola mano. Mientras el viento le peina los cabellos, recuerda que hoy es martes y que olvidó recibir agua de la pileta pública. Solo le quedan dos opciones: bajarse del micro e ir corriendo a llenar sus baldes (con suerte la pila sigue dando) o ir a trabajar y suspender hasta el siguiente martes el aprovisionamiento de agua. Decide que pedirá prestado una jarra de agua a cada una de las chicas que viven en los dos cuartos contiguos al suyo y un balde a la señora de la tiendita del frente que recibe agua en turriles.

Al llegar a la universidad, quince minutos antes de su primera clase (así le enseñaron) A se pinta los labios reflejada en el retrovisor, se arregla el cabello, coge su bolso violeta y sus libros de estudio que todavía no empezó a leer, y sale del auto.  Sonríe al guardia que le cuidará su precioso convertible mientras se arregla la blusa.

B llega a la esquina de la avenida, esquivando autos que le tocan bocina, llega a la acera correcta y corre las dos cuadras que la separan de la universidad; ya en la esquina, se detiene de a poco, jadeante se sube el cierre de sus jeans que se le bajan a cada paso, otra vez olvidó sacar el imperdible de su otro pantalón.

B mira un auto rosado sin techo, y le parece un color un poco ridículo para ponérselo a un auto, ve a A salir del mismo y le parece que un par de sandalias violeta no debe ser muy buena idea, porque no combinan con nada. Lo mejor son siempre las sandalias negras.

A mira a B y le parece que detrás de esa persona de la limpieza está su amiga Julita, su muy buena amiga Julita, se acerca a ella, la besa ruidosamente y juntas pasan saludando al portero que no las oye porque estuvo gritándole a B que siempre llega tarde.

B no tiene una muy buena amiga desde que su prima se fué a Argentina para ganar más; ni si quiera hablan nunca por teléfono porque ninguna de las dos tiene uno.

Y así, a la hora del almuerzo A y B vuelven a ver esos anuncios porque están en todos lados y A vuelve a contemplar su anillo sonriente, y B vuelve a suspirar sin dejarse soñar mucho. Ambas saben cual va a ser su voto. Menos mal que por el bien de todos los B y del mundo entero existen los C que independientemente de donde vivan o de que color sean sus sandalias, inclinaran la balanza hacia lo que consideran que es justo. Menos mal que por el bien de A existen su padre, sus amigos y todos los que se treparon encima de otros hasta llegar ahí, para defender sus derechos a toda costa. Lo cual sin duda es heroico, muy heroico definitivamente por que se necesita mucho coraje para propiciar y pelear por que B al volver (ya de noche)  a recoger a sus niños de la guardería se encuentre que Daniel había tenido neumonía y “que por favor no le traiga unas dos semanas porque puede contagiar a otros Danielitos”.

Miércoles

-Lucas.

-¿Lucas?- iba a decir algo más pero se detiene por temor a decir algo que no debe, limitándose sólo a  preguntar -¿Por qué Lucas?.

La mujer le clava los ojos.

-Porque yo quiero. Es el nombre de mi padre- explica desviando la mirada

-Y tambien de tu ex-esposo

-Yo no tengo la culpa de que ese idiota se llame como mi padre.

Toda la personas de alrededor que habían empezado  escuchando con disimulo terminaron por quedarse mirándolos curiosos y descarados. El notario se aclara la garganta tratando de hacer valer su autoridad, aunque obvia y morbosamente intrigado por presenciar el desenlace de la discusión.

-¿Entonces…?- musita

-Póngale Carlos- el esposo sonrie triunfante

-¡¿Cómo pues Carlos?!

-Tengo derecho a ponerle mi nombre

-No, como mi papá yo quiero que se llame

-Pero pueden ponerle los dos nombres…- El fiscal interviene tímidamente

-No, es segundo nombre ya lo decidimos- lo acalla la mujer meciendo nerviosa al bebé en brazos.

-Entonces, ¿que le pongo de primer nombre?

-Carlos

-Lucas

Ambos hablan al mismo tiempo. El notario escribe en su cuaderno mientras la mujer fulmina con una mirada de revancha a su esposo.

-Si vas a ponerle tu nombre, yo también quiero que tenga el mio.

-¡Pero si tu te llamas Ana!

-¡Mi otro nombre pues!- dirigiéndose al notario- póngale Mariano

-Ah, ¿como es eso? ¡tu le pones dos nombres y yo sólo puedo ponerle uno!- inclinandose hacia el notario- Póngale Angel también. Es el nombre de mi padre- Sonrie desafiante.

-¡Cuantos nombres crees que va a tener pues!

-No se, ¡pero tu quieres hacer anotar lo que te da la gana!

El notario, que había estado observándolos como si mirara un partido de tenis sin anotaciones, escribió algo en su cuaderno.

-¿Algún nombre más?

-Gonzalito- Repiten a coro

-Y señora no se preocupe, no va a tener tantos nombres si lo unimos aquí y aquí- Garabatea en su cuaderno.

Los dos esposos se miran enojados y retadores. El notario transcribe los nombres, apellidos y otros datos en un certificado de nacimiento flamante, lo sella y lo firma.

-Siempre puede cambiarse el nombre con juicio cuando sea grande- Lo lee en voz alta y les entrega el papel

“Carlucas Angelmariano Gonzalito Panduro Cabeza de lechuga”

Los padres asienten satisfechos.

-Son cuarenta pesitos

-Gracias doctor- El hombre paga con los billetes que habían empezado a sudar en su mano apretada.

-¡El siguiente! Estira el cuello y eleva un poco la voz.

Otra vez una pareja joven cargando un bebé en brazos que empieza a lloriquear como si adivinara lo que le espera.

-Ojalá ustedes no me hagan perder tanto tiempo ¿no?

-No doctor, facilito ya hemos decidido.

-Ah ya, que bien,  a ver cual va a ser su nombre?

-Maicol Jacson

-Maguiver

Ambos padres se miran contrariados, mientras el notario Felipe Martín Carlos Alberto de la Mampara Choquevolqueta suspira presintiendo que este miércoles no es más que otro día largo de jaquecas y wawitas llorando como si lo entendieran todo.

Purrr

Mi gato me ronronea mientras acaricio su lomo y me hace ojitos cuando lo miro. Todos los gatos sin duda hacen eso, al igual que todos los perros te mueven la cola cuando les hablas con un acento tiernito. No hace falta analizarlo mucho para darse cuenta que ellos tienen cierta clase de sentimientos que sin duda son muy parecidos a los nuestros, que les duelen casi las mismas cosas, que sufren y que sienten afecto por los seres que los rodean casi de la misma manera que nosotros lo hacemos. Entonces vale la pena preguntarse por qué muchas veces auspiciamos su dolor e ignoramos su sufrimiento. No quiero empezar una chachara de esas consabidas que a muchos aburren,  solo quisiera entender el motivo de dejarlos en medio de la avenida aullando de dolor y de pánico cuando un auto acaba de pasar por encima de su cadera al verlo bajar la guarda en actitud humilde tratando de rendirse a una pelea que jamás empezó contra ese gigante de los ojos brillantes que corre tan amenazadora y que tan friamente no se detiene frente a la capitulación. Parecería que hablo de un monstruo completamente mecánico, un robot que no concibe el sufrimiento por el cual su disminuido adversario esta atravesando, y en efecto si lo es, es un automovil que va enfurecido por las avenidas y carreteras dispuesto a no disminuir su ritmo; pero definitivamente estos autos no se conducen solos, detrás de los brillantes ojos de farol, ahi dentro resguardado por la anonimidad de su presencia, existe una persona. Un ser humano. Gracioso que el humano que se supone que está de por sí humanizado sea el inhumano que deja en medio de la carretera al perrito negro aullando con todo su insoportable dolor, con la cadera rota, y a merced de otros humanos en autos que, con suerte se encargarán de dormirlo tras todo esa experiencia invaluable de dolor y sufrimiento, y con mala suerte le arrollaran las patitas que trataba de arrastrar para escapar de este nuevo victimario que sin explicar motivos o circunstancias se ensaña contra él/ella y le causa una sensación que no puedo ni siquiera imaginar.  Bueno, por lo menos es seguro que no le falta mucho para que unos tres o cuatro autos se encarguen de esparcir lo que le quedaba de aliento a lo largo de unos metros de asfalto.

Y lo que alivia, (tratando de verle el lado bueno, pero sin conseguir hacerlo sin algo de ironía) es el pensar que él/ ella ya no tendrá que seguir sobreviviendo con miserias una vida de perros, abandonado a las patadas, las lluvias, el frío que llega hasta los huesos, el poco mover la cola por la falta de amor, y para colmo el odio de quienes lo espantan hasta de la calle por flacos y feos. Como si fuera su culpa.

La peor parte le tocaría si en lugar de ser generalmente él/ella, estaríamos hablando específicamente de una ella, que aparte de haber sobrevivido esa vida de perros, ha tenido que soportar una vida de perra, embarazada cada cierto tiempo después de haber sido hostigada y acosada dolorosamente por jaurías de perros hambrientos de saciar sus instintos, de haber parido en la calle tantas veces que ya ni tiene importancia, de haber sido golpeada con palos y disparates al tratar de coger algún hueso pelado del suelo para poder rellenar sus costillas, o las de sus hijos que le chupan hasta el alma por los seis pezones que le dio dios.

Que suertudos son los perros al ser de fácil olvidar.

Mi gato me ronronea… no empiezo con historias de gatos y mejor me detengo aqui, porque las nubes en los ojos se convierten en lluvias.

Este es un borrador que encontré hoy aquí entre los privados de la Ernestina (la tercera vez que echo un vistazo a mi malnutrido blog). Así que no sabría decir si lo escribí yo. La memoria ha sido siempre mi enemiga más ensañada y me traiciona cuando trato de recordar si lo copié de algún lado o se me ocurrió a mí, como me traiciona cuando siento una nostalgia y no se si es mía o la tomé prestada de un personaje de algún libro o de alguien relativamente más real.

Como sea, me sorprendió mucho este  bailecito de autor anónimo:

Cada día en un nuevo bailecito

Sentado a la puerta de la casa tomando sol

Esperando cada día un nuevo amanecer

Bajo el molle se quedan los sueños

Bajo las polleras sus fantasías

En la bicicleta a comprar el pan

Rebotando sobre charcos con renacuajos

Con sonrisas, sin dientes, mil arrugas

Te recuerdo ahora, en este bailecito.

De ahora en adelante, gracias a los bloggers que encontré en un taller de cuento con el Ramón, me soplo el polvito acumulado por la vagancia acumulada y me conmino a echar “vistazos” a la Ernestina por lo menos un poco más seguido.

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