Cuenta una leyenda muy conocida, que un día un rey, cansado del acoso constante por parte de los pobres y leprosos asentados en la puerta de su palacio que le pedían pan, se llevó su reino entero con todos los palacios y los jardines a un oasis perdido en medio de los desiertos. El rey y su séquito de quinientos esclavos vivían escondidos, aislados de cuanto pobre pudiera nacer más allá de las profundidades del desierto. Los esclavos, cada día construían cúpulas más bellas, criaban los pavos más vanidosos, cultivaban las flores más suntuosas; pero el rey las contemplaba y su corazón se entristecía por no tener a quien demostrarle su buen gusto e infinito poder.

Por eso, un día cuando un mendigo muy viejo asomó por el oasis del rey, éste se olvidó de todo su desprecio a los pobres y ordenó que le hicieran entrar. El mendigo pedía pan y agua pues había estado vagando en ese desierto por días. Sin embargo el rey estaba tan contento de finalmente poder compartir con alguien las bellas imágenes de su reino que le prometió una gran cena, una vez que hubieran visitado uno a uno los rincones del palacio y él le hubiera mostrado una a una las gloriosas cascadas artificiales que regaban sus carísimas flores. Empezaron por los jardines, el rey le explicaba al mendigo cada detalle, cada estatua, cada arco iris detrás de las diminutas gotitas que se escapaban de las cascadas y el mendigo le dijo:

-Señor agradezco toda su bondad, pero yo…

-Calla- le interrumpía el rey- que después de mostrarte todo te pediré tu opinión.

Y así pasearon una a una las habitaciones inmensas, pintadas a mano hasta el techo, contando en sus diseños una a una todas las vidas e incluso detalles de los ancestros del rey, que con tanto decoro ellos habían tratado de esconder. Sus puertas talladas en siglos, incrustadas con rubíes, esmeraldas y muchas piedras preciosas.

-Pero señor- se atrevió a decir nuevamente el mendigo.

-Calla anciano- advirtió el rey y continuó llevándolo del brazo a observar su trono esculpido en el mejor mármol, entallado a su medida y decorado con perlas sacadas del mar por vírgenes que sólo habían tomado las perlas más perfectas. El rey orgulloso le mostraba su perfección.

-Pero señor…

-Calla ahora hombre que te preguntaré lo que piensas al terminar el recorrido.

Y fue asi que en todo el día terminaron de explorar el palacio y sus jardines.

Para la cena, el rey se presentó con su mejor manto bordado en seda con hilos de oro, tejido con plumas de pavo, decorado con suave pelo de bebé panda, lució su corona más grande incrustada con cuanta piedra preciosa puede conocer el hombre y se sentó a la mesa frente al anciano mendigo que no miraba más que a su plato vacío.

El rey se molestó por no recibir un halago a sus vestimentas, como esperaba.

-¿Qué te pasa ingrato? ¿Acaso no haz disfrutado de todo lo que haz visto hoy?

El mendigo por primera vez lo miró a los ojos y el rey quedó tieso.

-Disculpe mi señor, he tratado de decirle esto desde el principio. Soy ciego.

El rey en aquel momento pensó que era el hombre más tonto sobre la tierra, se sintió muy solo miserable y desgraciado. Mandó decapitar al ciego para sentirse mejor.