Al despertar, Ángela se siente como una princesa. Segundos antes de abrir los ojos, había percibido el sol caer suavemente sobre las sábanas y dorar su cabello. Con los ojos cerrados, había sonreído. Está convencida de que se ve muy bella con el cabello desordenado. Hoy, por ser domingo, no tiene nada pendiente, así que se despierta con toda calma y se queda recostada en la cama invitando a sus músculos, uno por uno, a desperezarse. Sus sábanas son blancas, ella cierra los ojos e imagina que relucen, casi flotan al sentir los rayos de sol. La colcha tiene pequeñas florecitas, ella las imagina tal y como son, sólo que mucho más desordenadas, como antes. Ángela estira brazos y piernas, siente el aroma de su tibio cuerpo salir debajo de los cobertores, el olor suave del perfume que usó ayer, combinado con el de su propio cuerpo adormecido, le hacen sentir irresistible.

Él despierta, se siente agotado, como casi siempre en las mañanas. Pero hoy está feliz, especialmente por ser domingo. Escucha la mañana llegar desde afuera, las aves no dejan de cantar, él lo disfruta, escuchar le da placer. Bosteza mientras se rasca la cabeza, le gusta desordenar su cabello en las mañanas. El sol entra por la pequeña rendija que dibujan las dos gruesas cortinas, él mira alrededor y trata de poner algún orden en los cobertores que están revueltos y desordenados. No encuentra la sábana de arriba, sonríe recordando la inolvidable sesión de anoche. Se acerca a ella, todavía duerme. Él acaricia su cuerpo por encima de las sábanas, lo sabe desnudo, eso le hace perder la cabeza, siempre. Se acerca más, le muerde el hombro, le susurra cosas al oído, la siente gemir dulcemente, la huele despertándose, le oye decir buenos días al voltear con una sonrisa por entre sus negros cabellos. Ambos sienten nuevamente esa atracción que sintieron desde el primer día, no han dejado de sentirla desde hace tres meses, cuando bastó con unas palabras valientes y unos cuantos tequilas, para que sus cuerpos terminaran enredados en sus sábanas azules. El vuelve a susurrarle, ella le contesta sabiéndose dueña de su voz, le dice que Si, que lo ama. Él le dice cosas, ella se ríe, le encanta escucharlas, ella no deja de gritar y de decir su nombre mientras hacen el amor. Eso es lo que a él le fascina.

Voltea su cuerpo a un lado, lo encoge y abraza sus rodillas, desearía en este momento que Damián la sorprendiera así, que entrara por la puerta y descubriera sus redondas caderas debajo de las sábanas, su largo cabello descansando a lo largo de almohada. Una vez más cierra los ojos e imagina que la rodilla de Damián se hunde ligeramente en el colchón, luego una mano grande y bronceada se hunde un poco más cerca de ella. Sonríe y siente cómo una mano acaricia su hombro descubierto y recorre luego, por encima las sábanas, su brazo, cintura, cadera, muslo; para después regresar, paseando los dedos sobre sus nalgas y a lo largo de su espalda. Mientras lo imagina, ella misma va rozando suavemente sus pequeños pezones, acaricia sus pechos, él nunca se lo dijo, pero ella cree que a él le parecen muy suaves. Sonríe tratando de imaginar los ojos de él sobre los de ella, trata de imaginar que esta mano que la recorre ahora, es la mano fuerte y áspera de Damián, que la recorría antes con tanto cariño, con tanto amor. Como si tocara una frágil esfera de cristal, consciente que podría romperse al primer toque, al primer ruido.

Ella se levanta primero, va a la ducha, él la observa. Le encanta la forma en la que ella maneja su cuerpo, su pelo negro corto, adora los hoyuelos de su espalda, sabe que en la ducha, al saberse sola, ella empezará a cantar, escucharla lo enamora. Se queda pensativo cuando la ve desaparecer, pero se levanta a encender la radio, no le gusta el silencio. Al pasar por el espejo, se queda un momento a contemplar su morena figura, no es el prototipo de macho alfa, pero él sí que sabe cómo hacer gritar a una mujer, sonríe satisfecho. Sin querer piensa en su esposa, le molesta que ese pensamiento venga a aparecerse ahora, pero al mismo tiempo siente culpa. La recuerda en la cama, con el pelo extendido a lo largo de la almohada, la imagina recostada en silencio, con los ojos abiertos, con los labios apretados, como siempre. La ve hermosa, su piel nívea, sus ojos negros, su largo cabello naranja como un atardecer. Cierra los ojos y siente en sus dedos esa piel suave, con sus pecas huidizas, su vientre redondo; siente que la ama, porque ella es tan frágil y delicada, que nunca podrá dejar de hacerlo. Sabe que Ángela le debe estar esperando, llorosa en la cama, silenciosa y perdida. Con su cuerpo tibio debajo del camisón, incapaz de escuchar sus pasos al llegar a casa. Olorosa a flores, sin nada que decir. Sin ningún olor salvaje, sin ningún grito para él, sin ningún te amo, sin ninguna risa en respuesta a las cosas que él tiene para decir. Sin poder decir su nombre.

Desearía que su esposo llegara en este momento y le hiciera el amor, como antes, como en los primero años de su matrimonio. Ella extraña tenerlo cerca, sentir su boca sobre su piel, verlo decir cosas, verlo cerrar los ojos al ser recibido por su cuerpo. Ángela sabe que él vuelve hoy, pero sabe que estará tan cansado que no podrán ni siquiera mirarse en silencio. Él no dirá nada, hace tiempo que, al volver los domingos, ya no le hace señas. Ella tratará de comunicarle algo con los ojos, pero los de él estarán tan tristes que preferirá esquivarlos, porque se siente culpable. Por eso prefiere ignorar lo que sucede, prefiere despertar feliz, aunque a solas, prefiere dejar que su esposo duerma en otra cama, porque no tiene ningún derecho a tenerlo prisionero de su gran defecto. Prefiere que él también sea feliz, aunque sea con otra mujer, porque sabe que él la ama. Sabe que ya el martes o miércoles él volverá a mirarla con amor, volverán a hablarse con las manos. Volverá a acariciarla ciegamente en las noches, mientras cree que ella duerme, mientras ella finge que lo hace para no tener que verlo mover los labios y llorar encima de su cuerpo, mientras ella no puede oír nada de lo que él le llora. Mientras su silencio puede atribuirlo al sueño y no al hecho de ser sordomuda.

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