Ha pasado ya tanto entre nosotros, y tan poco es real. Tantos diálogos inventados, tantas conversaciones que terminan en un beso que las corona, de esos besos que nunca vivimos. Un beso silencioso y nada comunicativo, sólo un beso. Un beso suave, un juntar labios sin compromiso, un rozar la piel sensible y sentir que se estremece. Un beso. Un ligero beso, al principio sólo blando y suave, luego un poco húmedo, sólo un poco. Entreabría los labios mientras los apretabas con los tuyos, los entreabrí apenas y sentí que tú hacías lo mismo, luego la dulce punta de tu lengua tocó levemente el negro espacio que creé en ese momento con mi boca, para ti. Tu lengua fue ensanchándose de a poco, acarició mis labios, se abrió paso por en medio de ellos, quise ayudarte pero no podía pensar en el beso, en el simple beso. Teníamos los ojos cerrados o es como te imaginé del otro lado de mis párpados. Es más fácil no pensar en el beso cuando se besa así, con los ojos cerrados. Sólo pude pensar en el silencio, en la oscuridad, en una suave textura, en mi respiración que se podía oír, en que perdería el equilibrio si me empujabas más con tu boca tibia, que con besos como éste la gente suele enamorarse. Yo no quiero enamorarme en las situaciones inventadas, sólo quiero probar que se siente un simple beso. Quiero saber cuáles de esos besos que nos dimos los saboreaste tú también. Pero cuando pienso en ti y en los besos que das como ser viviente del mundo real, sólo viene a mi mente aquel beso apurado y torpe en el que me aprisionaste con tu brazo, ese debió ser el único beso que nos daríamos en la realidad. Lo arruinamos. Fue nuestra oportunidad de vivir juntos un suave beso, pero quisimos algo más, quisimos hacer sufrir al otro. Cada uno de nosotros, por su parte, quiso ganar y que el otro se pudiera contar vencido. Fue algo tonto, pero a veces trabajamos activamente para que algo tonto sea todo el recuerdo que nos quede. Tantos diálogos inventados siguieron a ese único beso violento, torpe, de labio mordido, de cuello aprisionado y de no saber si abrazar era lo correcto.

Tantas veces inventadas en las que venías mientras llovía, cuando te dije con un mensaje, gratuito por ser irreal, “Aquí llueve hermoso” y tu contestaste “En todos lados llueve igual” yo te desmentí y te invité a venir. Tú llegaste con el pelo mojado y diminutas gotitas sobre tu rostro, me diste la razón: la lluvia en este preciso lugar del mundo era hermosa. Contemplamos mientras la brisa empujaba a su amante, la lluvia, de una forma tan distinta a todas las otras lluvias empujadas por las brisas, el sol, que brillaba más naranja que en cualquier fotografía que hubiéramos visto, las flores moradas que caían, bailando, sobre nosotros. Yo lloré en mi situación inventada, como siempre que soy profundamente feliz, no en las felicidades inventadas, sino en las reales. Tú no entendiste porqué pero comprendiste mi pequeño silencio, lo respetaste y no te sentiste incómodo, es importante decir que en mis situaciones inventadas nunca te sientes incómodo. Luego te miré sonriendo levemente y me acariciaste el rostro, entonces me dabas otro de esos besos, de esos que son solamente besos. Nada más. Yo cerré los ojos otra vez, siempre lo hago, no sólo cuando invento que te beso con los ojos cerrados, sino siempre. Me abracé a tu cuello y sentí en mi pecho, los latidos de tu corazón. Mi corazón junto al tuyo, bombeando algo parecido a la sangre, pero lleno de mariposas y de corazones dibujados con lápiz de color rojo; nuestros corazones, que no tienen forma de corazón, tuvieron un diálogo inventado por ellos mismos. Presumo, con miedo, que fue una conversación muy superior a cualquiera que hubiéramos podido tener en la realidad, tú y yo.

Inventé también situaciones en las que, estando triste te llamaba y me invitabas a pasar la tristeza mirando los árboles de tu jardín, sentados sobre sus raíces, esperando a que atardeciera. No veríamos un atardecer ideal, de esa forma romántica que todos desean, no sería un atardecer naranja, sino uno especial que a la vez era el más vulgar de todos. Sería un atardecer gris, para combinar con mi tristeza. Después de todo es verano y ésa es mi peor y mi mejor época, pero eso no lo sabes. Sentados en las raíces, protagonizando la situación inventada durante mi tristeza, veríamos el cielo despintarse, perdiendo todo lo que le hace ser cielo, perdiendo ese azul que a veces me encanta, veríamos las sombras irse desvaneciendo, veríamos a los árboles volverse negros por debajo de sus hojas, los veríamos perder sus formas y ese atardecer gris para mí no sería tan triste porque estaría contigo. Tendría un recuerdo hermoso de esa situación si tan sólo fuera real, si tan sólo nos hubiéramos permitido compartir, dejar ganar al otro, ceder y decir las cosas con franqueza.

Tengo tantísimas situaciones inventadas, en donde el otro protagonista eres tú, tengo tantos diálogos inteligentes e ingeniosos, donde tú terminas sonriendo y a veces yo termino dándote un beso, sonriéndote con los ojos. Tengo tantos días guardados en mi memoria inventada, en ese dispositivo móvil, intercambiable, que ya no se si corresponden a tu nombre. Ya ni siquiera se si puedo identificarte entre esos recuerdos, porque van tantas semanas que no te veo en la realidad, que creo que te inventé nueva sonrisa, nueva mirada dulce, nueva forma de conversar, nueva forma de decir mi nombre, sin equivocarte. Sé que es posible también que ya no seas tú en esas nostalgias inventadas. A veces lo prefiero así. Con tristeza pienso en la posibilidad que tenemos de arruinar además lo inventado. Porque es casi seguro que si viajáramos juntos a esos lugares o situaciones inventadas, tu parte del libreto no lo sabrías y seguramente arruinarías la lluvia hermosa o el gris atardecer porque te aburrirías, no te gusta contemplar. Dirías las cosas como no son y yo perdería la paciencia. Seguramente creerías que es el momento de un beso, pero sería un momento cualquiera, o tal vez un momento destinado a mirar los ojos del otro. Sin duda me “robarías un beso” y lo harías torpemente, como sólo tú sabes, es probable que después de ese beso te jactaras, en tu fuero interno, de ser quien decide cuándo y cómo besar. Nos quedaríamos en silencio. Te sentirías incómodo y hablarías de la borrachera del otro día, de chismes amorosos entre gente que nos es común, de tus amigos, de esas cosas que sólo les importan a las personas tan distintas a mí. Pensarías en una cerveza fría.

Por eso no quiero invitarte a mis situaciones inventadas, y no te preocupes, no te invitaré a componer nuevas. A ver si la tierra, en medio de su baile, en alguno de sus tempos, me permite conocerte y tal vez darme cuenta que tu actitud se debía a que tejiste tus propias situaciones inventadas, que todo fue un malentendido.

Sólo esperaré y que el tiempo me diga si en su almacén de destinos, existe uno todavía con nuestros nombres. Esperaré a que la vida me lleve donde tenga que llevarme, pero con sinceridad te digo que me gustaría encallar alguna vez a tus orillas, aunque sea sólo para darme la oportunidad de descubrirte. Para bien o para mal.

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