Category: Undiario


A quiet Lullaby

Hay días en que estoy feliz. Pero también, y creo que son los más frecuentes, hay días en que una gris nube acapara todo en mi mente y no me permite percibir los colores. Ningún color es visible, más allá del negro y el blanco. Lo triste es que en esos días mis imágenes son además un low key, así que en ellas abundan las sombras y el no-color negro.

No se que sucede, pero se supone que debería estar feliz, debería estar agradecida a la vida por los chances que me ha proporcionado. Estoy en un hermoso país con nuevas oportunidades, he visto la nieve por primera vez y pronto llegará la primavera. Debería estar sonriente pero la tristeza es lo que más abunda. ¿Qué me sucede?

Hoy fue un día largo.

Para empezar, a medio día, subí al bus que iba en dirección opuesta a la que -contra toda lógica- necesitaba ir para abordar otro bus, 18 minutos después.

Recibí la confirmación, del lugar en el que debía presentarme, a medio día. Consulté en google maps, en la aplicación de los buses públicos y tracé la mejor ruta, que implicaba salir de casa corriendo, porque si no alcanzaba el primer bus de las 13:10, perdería el siguiente bus y tendría que esperar una hora.

Llegué a tiempo, confirmé que era la línea correcta y me subí al bus muy orgullosa de mi logro. Pagué mi boleto, me senté, me quité los guantes, el gorro, abrí mi abrigo y suspiré aliviada de haberlo alcanzado. Quise confirmar en mi celular el nombre de la parada a descender, y entonces me di cuenta que había tomado el bus en dirección opuesta. Cogí mis cosas y me paré para consultar, justo cuando el bus entraba en la autopista y el conductor, un portugués de gafas oscuras, aceleró. Nos dirigíamos a la ciudad capital de Luxemburgo, esa era la siguiente parada, en treinta minutos.

Volví a mi lugar apabullada por mi propia inexperiencia y mi falta de tino e inteligencia espacial. Faltaba nada para las 13:28 pero aquí estaba yo, alejándome cada vez más de mi destino y allá, quien sabe donde exactamente -google maps lo sabe- estaba mi bus, seguramente partiendo. Sin mí.

Cogí mi celular resignada en busca de la siguiente acción a tomar. Y ya llegando a la parada final, me preparé para bajar a toda marcha y salir corriendo, como desquiciada. Había decidido tomar un tren que me llevara a mi destino final sin necesidad de hacer transbordos de autobuses en paradas que no conocía. Consulté google maps y confirmé que mi tren salía 13:55, miré el reloj, eran las 13:43. Todavía hacía falta tomar otro bus para llegar a la estación de trenes. No era lejos, así que había una posibilidad, muy remota, de que lograría llegar a tiempo. Decidí apostar por lo incierto y comencé a correr.

Correr como desquiciada era exactamente lo único que podía salvarme de perder el tren. Corrí las dos calles que me separan de la parada de los buses que me llevan a Gare Central, por suerte ahí siempre hay buses y todos van a la estación. Al medio del camino, una construcción (desde siempre) con varios obreros que indicaban el camino y los movimientos a una enorme pala mecánica. Los esquivé y mirando a la cara del conductor de la pala mecánica, seguí corriendo, esquivé un perro que se asustó al verme pasar, un carrito de bebé y varias personas, llegué a la esquina y esperé unos diez segundos antes de poder subirme al primer bus que apareció.

Me senté. Más bien, apoyé mi cuerpo en un asiento, quisiera decir “aliviada” pero estaría mintiendo. Mi estrés aumentaba al ver que varias personas ancianas habían decidido también tomar este bus. Miré el reloj del bus, 13: 52, parecía ser que no lo lograría.

El bus hizo dos paradas más y pude ver el ángel verdusco que adorna la Gare Central (no estoy segura de que sea un ángel pero así suena poético). Me preparé nuevamente para correr, a la medida de lo que me lo permitieran mis piernas que, con dos pares de pantalones trataban de soportar el frío de invierno europeo. Incómodo para unas piernas latinas que vivieron el mayor tiempo descubiertas, no está de más mencionar.

Corrí una cuadra, me fijé en el semáforo que daba verde y seguí corriendo, había otro semáforo en la otra esquina, la estación es larga y mi tren sale del andén 1. La gente me sentía pasar y volteaban, yo tenía encima la chamarra, la mochila, un gorrito de lana y botas. Si no sabes lo que es correr así de abrigado, no debes conocer lo que es sentir en carne viva la impotencia. Pones toda la fuerza posible en tus movimientos pero tus piernas te parecen tan lentas, como si pesaran, como si tus movimientos fueran ridículamente exagerados que te llevan a duras penas a ganar un ritmo de velocidad penoso. Llegué a mi andén, mi tren seguía ahí.

Corrí y corría feliz porque lo había conseguido. Le había escrito a mi amiga: “Si lo logro voy a ser mi héroe”. Y estaba a punto de serlo. Tenía tantas ganas de grabar mi llegada triunfal al tren en el último segundo para luego mostrársela. Corrí y mis movimientos eran cada vez más lentos -o igual de lentos pero notablemente más inútiles- no llegaba nunca. Ví al asistente del tren caminar a lo lejos, tocó el silbato que significa que es hora. Corrí agitando mis brazos haciéndole señas, no se si me vio pero desapareció subiéndose al tren. Y llegué.

¡Llegúe! Apreté el botón verde rodeado de lucecitas pequeñas de color verde. Ya no respondía. Lo apreté varias veces, por favor por favor. Nada. La puerta no se abrió. El tren salió frente a mis rostro helado. Se fue y mi esfuerzo había sido en vano. Miré el reloj enorme que ponen al medio de todo andén: 13:55.

Media hora después partía en el próximo tren. No hubo gran pérdida, pero si tienes que llegar a tiempo a alguna clase, exámen, trabajo, pues ahí empezarías a maldecir.

Al volver mi historia fue parecida. Estaba en la misma estación, en el anden 1 y me subí al ascensor, para llegar al subterráneo, 2 minutos antes de la salida de mi tren, en el andén 9. No es que me apasione vivir al filo del peligro, pero es que a veces tu tren anterior llega exactamente x:03 minutos y tu siguiente tren parte x:05. Tienes que volar, sin cometer ningún error y puedes lograrlo.

Corrí en el subterráneo y me monté -al que creí- el último ascensor para subir a los andenes. Y al salir del ascensor pude ver mi tren, al otro lado de las rieles. Había tomado el ascensor que me llevaba al andén 8, no al 9. Maldición. Regresé y los segundos que se tomaba el pinche elevador en abrir y cerrar sus puertas me parecieron sacrilegio. Al final del pasillo subterráneo ponía 9, el ascensor no estaba así que cogí las gradas. Corrí, corrí, llegué y el tren ya se había ido. Tren madafaqa.

Otra vez tuve que perder media hora de mi día esperando el siguiente tren. Me subí quince minutos antes, no había manera que se me escapara de nuevo.

Mientras bebía de una botella de agua para calmar mis nervios, una vez ya sentada y segura en mi tren de regreso a casa, contemplaba los demás andenes. Un tren llegó, las puertas se abrieron y un par de adultos jóvenes salieron corriendo, como desquiciados. Seguramente tenían una conexión en algún otro andén. Ahora los entiendo. Tal vez ahora no me importe mucho esperar media hora más, pero cuando tienes compromisos serios, perder el tren deja de ser una posibilidad. Recordaba mi vida en Bolivia, recordaba que al chofer del microbus le podía haber dicho: ¡Maestro! ¡Pare! estoy yendo hacia la dirección incorrecta, y él, tras protestar y gruñirme, hubiera arrinconado el bus y hubiera frenado en seco -primero para desequilibrarme y sonreírse, malévolo- y luego para que yo bajara y solucionara el error que, allá, no me perseguiría durante todo el día. Así son, buenas gentes.

Ahora entiendo a quienes me decían que en Bolivia la vida es más tranquila. Allá si llegas tarde puedes rogarles y hay esperanza. Porque aquí, una vez que el tren te deja, el sentimiento de pérdida y frustración te persigue todo el día. Te deja intranquilo, nervioso. Una vez que has perdido un tren, tu día feliz ya no puede ser el mismo.

Y así, terminas siendo parte del estrés de una sociedad que vive apurada.

Pero, a favor de esta sociedad apurada, debo decir que aquí tienes otro tipo de tranquilidad: la tranquilidad de saber que las cosas funcionan. Porque funcionan como reloj.

lux

 

Septiembre

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24 de Septiembre del 2012.
Nunca me hubiera imaginado que tantas cosas podían pasar en un sólo mes. Más cosas malas que buenas en realidad. Pero siempre puedo fingir que todo está bien, y cuando no puedo hacerlo, sencillamente me escondo. 

Las cosas que pasaron ayer, y la semana pasada quedan ahora como el recuerdo de una experiencia más, de un montón de posibilidades entre lo que fue y lo que pudo haber sido, tal vez como el recuerdo de cicatrices. Hoy, (26 de sept.), no tengo ganas de sentirme bonita como me gusta, pero no importa, es sólo un episodio de los muchos que atravieso cada día. Vivo viajando entre la hipomanía y la alegría inexplicable. Eso sí, la hiperactividad se queda, siempre. Es mi forma de ganarle a la bipolaridad. 
“Shariel ¡¿Que te has fumado?!” 
Sólo quienes me conocen pueden entender de qué estoy hablando.
¡Odio las mañanas nubladas!

A mis once años, mis papás se divorciaban. Yo vivía con mi mamá. Mi hermano, cinco años menor, se fue a vivir a otra ciudad con mi papá. Siempre recuerdo ese año como el año más importante de todos. Me pasaba la mañana entera llorando en lugar de hacer los deberes del colegio, y la tarde castigada por los profesores, por no traer los deberes. Me pusieron a un colegio de chicas. Yo era uno o dos años menor que mis compañeras y había llegado unos dos meses después de que empezaran clases, entonces los grupos ya estaban formados y no había mucho lugar para la alumna nueva, depresiva, infantil y con un sentido del humor extraño. Así que muchas veces me quedaba fuera de clase y me escondía del regente trepada en los árboles del patio de atrás.

Fue un año muy triste. Pero tengo la certeza que eso mismo fue lo que marcó tan profundamente mi vida. Recuerdo que mi mamá estudiaba en la universidad por las mañanas, yo tenía que ordenar la casa, obviamente no lo hacía. Cuando finalmente me aburrí del eterno casette de música latina y de todos los libros infantiles que me sobraban de la infancia, empecé a husmear entre los textos universitarios de mi mamá. Encontré Cien años de soledad, un libro gordo con una especie de planta florida y golondrinas dibujadas en la portada. Ahí empezó la segunda etapa de mi vida.

Me sumergí en su lectura todo el día, habían veces que tenía que volver páginas atrás y releer varias veces, porque no me creía lo que estaba leyendo. Creía que estaba loca por encariñarme de tal manera con el gitano manos de gorrión, que hasta lloraba junto a José Arcadio Buendía cuando lo veía reaparecer demacrado, sin dientes y envejecido. Soñaba con la expedición para encontrar el mar y veía las enormes piedras blancas como huevos prehistóricos en todos lados. Macondo para mí era un lugar sagrado. Llegué a la adolescencia inspirada en los dramas y los desamores de Rebeca y Amaranta, en sus manías, quería saber cual era el sabor de la tierra y la cal de las paredes, quería llamarme Amaranta. Fui incapaz de continuar mi lectura, por las lluvias en mis ojos, cuando José Arcadio Buendía fue atado al árbol y le llovía encima. Las muertes de esos personajes, la sensación de abandono que me provocaban cuando se iban. Ése se había convertido en mi verdadero drama.

Ese año fue fatal para mis estudios escolares, pero el mejor de toda mi vida. No me esforcé en aprender la tabla de metales porque empezaba, sin saberlo, mi viaje por el camino de la literatura, de la magia, del “todo es posible”. Ese año, en lugar de hacer las tareas y estudiar vectores, me la pasaba vagando por los pasillos de la biblioteca. Tenía acceso ilimitado a los libros gracias a que la bibliotecaria era tia de una amiga, yo le rogaba para dejarme llevarla en mi bicicleta a su casa, porque así me dejaba llevarme los libros hasta el día siguiente. A Cien años de soledad le siguieron Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El relato de un náufrago, etc. Un libro cada tres dias. Yo quería más, más y más.

A mi doce años estaba repitiendo el octavo de primaria, pero me había convertido en una experta en García Márquez. El buen Gabo me salvó de la depresión, el maestro Gabo me enseñó a escribir, mi amado Gabo me enseñó la necesidad de contar historias, de necesitarlas para vivir. Hace quince años, cuando él cumplía setenta, yo descubría que los únicos límites reales son los de mi imaginación. Es por eso que hoy, en su cumpleaños, imagino que lo abrazo y que le regalo un libro. Hoy imagino que lee un cuento mío y sonrie mientras aclara la garganta, se acomoda en su asiento y empieza una charla que durará horas, dispuesto a enseñarme algo más.

¡Se viene un nuevo año!

Se va el 2011.

Se va y nos deja una melancolía por las cosas buenas y una especie de alivio porque ya pasaron las malas.

Para mí, la verdad fue un año maravilloso, ¡súper largo! empecé cosas que siempre quise, pero no me animaba por cobarde, conocí gente maravillosa, rescaté amistades que creía perdidas, mejoré lazos con muchas personas que me acompañarán toda la vida, este año cambié el color de mi pelo más veces que en toda mi vida! 😀 inicié un par de proyectos que, gracias al apoyo y la confianza de varias personas, empiezan a ponerse de pie, mis libros fueron comentados positivamente, me entró paranoia porque gente que no conozco me para en la calle o en los boliches: “Tu eres la Bap?” o “¡Shariel!” y bueno, no me quejo 🙂

El 2012, sé que será un año insuperable, muchas de mis metas prometen cumplirse la primera mitad del año, si me esfuerzo y trabajo junto a las personas indicadas, se que todo marchará de maravilla. Desde ahí, me sentiré cada vez más cerca a mis sueños de vida, esos sueños que, cuando nacieron parecían simples fantasías. Ahora, casi puedo tocarlos con los dedos, me hace muy feliz.

Sólo me queda decirles a todos ustedes: mis amigos, mi amor, mi familia, mis conocidos, mis compañeros, mis colegas, mis lectores y mis leídos, todas esas personas que siempre tendrán una sonrisa para mi (y yo para ellas, como ya saben), que los quiero muchísimo y que son ustedes, con sus palabras de apoyo, quienes me dan la fuerza para seguir trabajando, con un simple “cms” o un “felicidades” ya significa muchísimo para mi, porque siento que no ando sola. Les deseo todo lo mejor este 2012, con todo mi corazón espero que todos puedan cumplir sus metas, que puedan soñar más alto, sin temor de vivir sus sueños, sin temor de vivir su vida ¡porque sólo tenemos una!. Vívanla, no esperen a que el tiempo los soprenda con las ilusiones marchitas, con un “hubiera querido hacer esto, pero nunca lo hice” creo que no existe cosa más triste en la vida. Así que no sean cobardes… ¡atrévanse siempre a más! Les envío un fuerte, fuertísimo abrazo y un besito en cada cachete.

¡¡¡FELIZ 2012!!!

 

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