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Quiero

Quiero amarte. Intensamente.
Llevarte a un barrio bonito y hacerte fotos.
En esas calles con nombres militares estaría bien, llovería y sobre nuestras cabezas se desangraría un jacarandá.
Besarte con timidez, que me correspondas al beso y luego me sonrías.
Que por primera vez las manos que acarician mi pelo no sean más grandes que las mías.
Quiero que digas mi nombre y que una mirada coqueta no signifique nada malo.
Que hagamos planes para la tarde del domingo, porque el tiempo se va y con él se va el amor.
Quiero que seas mi chica sin ningún compromiso más que tu propia intención de sentirte amada.
Quiero que el amor nos descubra amando
y que, cuando se haya ido, no haya heridas que curar.
Porque lo supimos desde el principio:
lazos como éste no se rompen con nada,
y seremos uno, a pesar de todo. Siempre.

Septiembre

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24 de Septiembre del 2012.
Nunca me hubiera imaginado que tantas cosas podían pasar en un sólo mes. Más cosas malas que buenas en realidad. Pero siempre puedo fingir que todo está bien, y cuando no puedo hacerlo, sencillamente me escondo. 

Las cosas que pasaron ayer, y la semana pasada quedan ahora como el recuerdo de una experiencia más, de un montón de posibilidades entre lo que fue y lo que pudo haber sido, tal vez como el recuerdo de cicatrices. Hoy, (26 de sept.), no tengo ganas de sentirme bonita como me gusta, pero no importa, es sólo un episodio de los muchos que atravieso cada día. Vivo viajando entre la hipomanía y la alegría inexplicable. Eso sí, la hiperactividad se queda, siempre. Es mi forma de ganarle a la bipolaridad. 
“Shariel ¡¿Que te has fumado?!” 
Sólo quienes me conocen pueden entender de qué estoy hablando.
¡Odio las mañanas nubladas!

A mis once años, mis papás se divorciaban. Yo vivía con mi mamá. Mi hermano, cinco años menor, se fue a vivir a otra ciudad con mi papá. Siempre recuerdo ese año como el año más importante de todos. Me pasaba la mañana entera llorando en lugar de hacer los deberes del colegio, y la tarde castigada por los profesores, por no traer los deberes. Me pusieron a un colegio de chicas. Yo era uno o dos años menor que mis compañeras y había llegado unos dos meses después de que empezaran clases, entonces los grupos ya estaban formados y no había mucho lugar para la alumna nueva, depresiva, infantil y con un sentido del humor extraño. Así que muchas veces me quedaba fuera de clase y me escondía del regente trepada en los árboles del patio de atrás.

Fue un año muy triste. Pero tengo la certeza que eso mismo fue lo que marcó tan profundamente mi vida. Recuerdo que mi mamá estudiaba en la universidad por las mañanas, yo tenía que ordenar la casa, obviamente no lo hacía. Cuando finalmente me aburrí del eterno casette de música latina y de todos los libros infantiles que me sobraban de la infancia, empecé a husmear entre los textos universitarios de mi mamá. Encontré Cien años de soledad, un libro gordo con una especie de planta florida y golondrinas dibujadas en la portada. Ahí empezó la segunda etapa de mi vida.

Me sumergí en su lectura todo el día, habían veces que tenía que volver páginas atrás y releer varias veces, porque no me creía lo que estaba leyendo. Creía que estaba loca por encariñarme de tal manera con el gitano manos de gorrión, que hasta lloraba junto a José Arcadio Buendía cuando lo veía reaparecer demacrado, sin dientes y envejecido. Soñaba con la expedición para encontrar el mar y veía las enormes piedras blancas como huevos prehistóricos en todos lados. Macondo para mí era un lugar sagrado. Llegué a la adolescencia inspirada en los dramas y los desamores de Rebeca y Amaranta, en sus manías, quería saber cual era el sabor de la tierra y la cal de las paredes, quería llamarme Amaranta. Fui incapaz de continuar mi lectura, por las lluvias en mis ojos, cuando José Arcadio Buendía fue atado al árbol y le llovía encima. Las muertes de esos personajes, la sensación de abandono que me provocaban cuando se iban. Ése se había convertido en mi verdadero drama.

Ese año fue fatal para mis estudios escolares, pero el mejor de toda mi vida. No me esforcé en aprender la tabla de metales porque empezaba, sin saberlo, mi viaje por el camino de la literatura, de la magia, del “todo es posible”. Ese año, en lugar de hacer las tareas y estudiar vectores, me la pasaba vagando por los pasillos de la biblioteca. Tenía acceso ilimitado a los libros gracias a que la bibliotecaria era tia de una amiga, yo le rogaba para dejarme llevarla en mi bicicleta a su casa, porque así me dejaba llevarme los libros hasta el día siguiente. A Cien años de soledad le siguieron Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El relato de un náufrago, etc. Un libro cada tres dias. Yo quería más, más y más.

A mi doce años estaba repitiendo el octavo de primaria, pero me había convertido en una experta en García Márquez. El buen Gabo me salvó de la depresión, el maestro Gabo me enseñó a escribir, mi amado Gabo me enseñó la necesidad de contar historias, de necesitarlas para vivir. Hace quince años, cuando él cumplía setenta, yo descubría que los únicos límites reales son los de mi imaginación. Es por eso que hoy, en su cumpleaños, imagino que lo abrazo y que le regalo un libro. Hoy imagino que lee un cuento mío y sonrie mientras aclara la garganta, se acomoda en su asiento y empieza una charla que durará horas, dispuesto a enseñarme algo más.

¡Se viene un nuevo año!

Se va el 2011.

Se va y nos deja una melancolía por las cosas buenas y una especie de alivio porque ya pasaron las malas.

Para mí, la verdad fue un año maravilloso, ¡súper largo! empecé cosas que siempre quise, pero no me animaba por cobarde, conocí gente maravillosa, rescaté amistades que creía perdidas, mejoré lazos con muchas personas que me acompañarán toda la vida, este año cambié el color de mi pelo más veces que en toda mi vida! 😀 inicié un par de proyectos que, gracias al apoyo y la confianza de varias personas, empiezan a ponerse de pie, mis libros fueron comentados positivamente, me entró paranoia porque gente que no conozco me para en la calle o en los boliches: “Tu eres la Bap?” o “¡Shariel!” y bueno, no me quejo 🙂

El 2012, sé que será un año insuperable, muchas de mis metas prometen cumplirse la primera mitad del año, si me esfuerzo y trabajo junto a las personas indicadas, se que todo marchará de maravilla. Desde ahí, me sentiré cada vez más cerca a mis sueños de vida, esos sueños que, cuando nacieron parecían simples fantasías. Ahora, casi puedo tocarlos con los dedos, me hace muy feliz.

Sólo me queda decirles a todos ustedes: mis amigos, mi amor, mi familia, mis conocidos, mis compañeros, mis colegas, mis lectores y mis leídos, todas esas personas que siempre tendrán una sonrisa para mi (y yo para ellas, como ya saben), que los quiero muchísimo y que son ustedes, con sus palabras de apoyo, quienes me dan la fuerza para seguir trabajando, con un simple “cms” o un “felicidades” ya significa muchísimo para mi, porque siento que no ando sola. Les deseo todo lo mejor este 2012, con todo mi corazón espero que todos puedan cumplir sus metas, que puedan soñar más alto, sin temor de vivir sus sueños, sin temor de vivir su vida ¡porque sólo tenemos una!. Vívanla, no esperen a que el tiempo los soprenda con las ilusiones marchitas, con un “hubiera querido hacer esto, pero nunca lo hice” creo que no existe cosa más triste en la vida. Así que no sean cobardes… ¡atrévanse siempre a más! Les envío un fuerte, fuertísimo abrazo y un besito en cada cachete.

¡¡¡FELIZ 2012!!!

 

Un post en mi wall

Este es un post que recibí hoy, de mi amigo Christian Kanahuaty, motivado por las declaraciones negativas y machistas que hicieron acerca de mi persona y mi trabajo, ciertas personas que ni siquiera se tomaron el trabajo de leer lo que produzco. Esas personas, mujeres “maduras” y que se denominan ellas mismas feministas, han demostrado que no creen en el trabajo de jóvenes escritoras  y cuestionan (utilizando términos despectivos y machistas) la motivación que pudo haber de parte de algunos críticos que hablaron de mis cuentos.

Quise compartirlo con ustedes, porque creo que habla de una manera en la que no había visto mis cuentos. Espero que les guste.

“Yo no soy partidario de escribir en el facebook  ideas sobre los libros que voy leyendo. Sin embargo, me parece que han pasado algunas cosas que hacen posible que me decida a escribir en este momento. Me parece que los ataques y algunas críticas poco realistas y bastante mal intensionadas hacia la literatura de Baptista no entienden lo que pasa en su interior.
Debo reconocer que empecé a leer sus libros de cuentos con cierto prejuicio, guiado por distintas razones y circunstancias.  A pesar de ello, me puse a leerlos, como ejercicio de lectura de la producción nacional. Y eso está bien porque si uno no lee lo que escriben los que están en la misma fila que uno, difícilmente podrá mejorar o apreciar el esfuerzo y trabajo de otros. Más allá de eso, y ya entrando en materia, en los cuentos de Shariel Baptista, se encuentran una gama de situaciones no sólo amorosas, de búsqueda de la identidad, de reconocimiento de la pérdida de autoridad o de la ilusión de saberse parte de un lugar en concreto; sus cuentos no crítican lo establecido, pero ayudan a revelar de alguna manera, esas reglas de juego en las cuales nos vamos moviendo.
Otro punto importante es el lenguaje, me parece que es una de las apuestas más interesantes de los últimos años, el lograr traducir lo oral a lo escrito. No se trata de un oral costumbrista o mestizo o criollo o plurinacional, como desearían algunos, simplemente la oralidad de Baptista radica en que capta el ritmo, el tono y la frecuencia de su propia voz, y al hacerlo captura en frases cortas, puntuaciones exageradas y un uso diferente de los adjetivos, la manera en que muchos de nosotros hablamos con nuestros amigos y familiares. Y sin embargo, hay también cierta neutralidad en la descripción de algunos eventos. Eventos que pasan desapercibidos en una primera lectura, pero luego nos damos cuenta que sirven como detonantes para ese final presuroso y casi agónico que propone en sus cuentos. Final que, por otro lado, redefine el final de los cuentos y cuestiona, sin querer, lo que hoy entendemos por cuento, uno de los géneros más díficiles de trabajar en la literatura.
Ahora bien, no creo que se pueda comparar sus cuentos con los de otras narradoras, ni con Colanzi, ni con Cecilia Romero o Giovanna Rivero. Me parece que en su proyecto literario, Baptista anida la necesidad de narrar acontecimientos mayores desde la economía de las palabras y, como dijimos, posee una característica esencial a la hora de adjetivizar, y en suma, propone la mirada sobre lo cotidiano desde la clave de la intimidad del amor a veces, o de la intimidad del recuerdo, o de la intimidad de la apelación. Apelación que se convierte en interpelación a un sujeto interpuesto, que es ella misma y, a través de ella, estamos nosotros como lectores involucrados en una trama que nos dispone a reescribirnos y reescribir nuestra historia.
Entonces, creo que el error es presisamente el tratar de reducir el significado de sus cuentos a una escritura determinada, “femenina” “masculina”, me parece que, al menos en el caso que me ocupa ahora, esa distinción es una falacia o en el mejor de los casos encubre una discusión mayor.
La discusión sobre ¿qué hace que un cuento sea de una mujer o de un hombre? ¿en qué letra o palabra del cuento existe ese rasgo de identidad? Lo que me parece correcto es señalar que muchos de los cuentos de Shariel Baptista profundizan un solo tema: la inconformidad y a través de ella: el rídiculo y la ambigüedad.
Esos temas no son propiedad de un escritor femenino o masculino, simplemente son propiedad de un escritor que es capaz de hacerse las preguntas correctas en el momento adecuado. No se trata de responder y eso lo sabe Baptista. Sabe su oficio porque no entiende de distinciones, sus personajes son cuerpos que se preguntan cosas más importantes qué el color de ropa que usaran el fin de semana para ir a una fiesta o el sabor de los labios de la persona que desean desde la adolescencia o el destino al que los llevará la carretera. Sus cuentos se meten con ideas y eso es importante. Sus confesiones sobre lo humano nos hacen recuerdo que es necesario, para hacer literatura, tener dos herramientas básicas: la sinceridad y la intución, y Baptista posee ambas y hace gala de ellas sin que su mirada se desprenda de lo importante.”

Chistian Kanahuaty

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