En la vida, yo como todos, me he cruzado por el camino de muchas personas. Tuve la suerte de que unas cuantas se quedaron para compartir su andar conmigo y nuestros caminos se van mezclando hasta el punto de no poder distinguir sus pisadas de las mias.

Al transitar por algunos senderos, naturalmente llegamos a sentir un vínculo tan fuerte con esas personas que, no solo deseamos, sino que creemos y podríamos asegurar que nuestros destinos van a seguir juntos.  Es así como vivimos el presente, creyendo que el futuro no podrá alterar nuestras relaciones, esas amistades tan a prueba de todo, esos amores tan reales, esos caminos tan maravillosos.

No hace falta que lo diga, todos sabemos que, al final de cuentas cada quien toma su camino. Como ya dije antes, a veces deciden hacer de tu camino el suyo propio y tienes con quienes andar de la mano. Pero la mayor parte de las veces, estas personas deciden caminar agarrados de otras manos. Nosotros tratamos por todos los medios de aferrarnos a la mano que lentamente se va soltando, pero es en vano. Cuando alguien se tiene que ir, simplemente se va.

Lloramos por la pérdida, tratamos de encontrar, en medio de laberintos, la pista que nos lleve nuevamente a su camino, para poder andar juntos, como antes. Pero el tiempo no pasa en vano. Lo mejor siempre es dejarlas ir, permitir a estas personas transitar bellamente por nuestro sendero y luego verlas partir. Y no con la idea de que volverán, ya que, si bien algunas veces lo hacen, (para alegrarnos una vez más) muchas otras se van para siempre.

Lo importante es que tuvimos el privilegio de pasear, aunque sea por un breve trecho, al lado de estos amigos. Con suerte nuestros caminos se crucen de nuevo. Por ahora no hay más llanto, ya no hay más tristeza al verlos partir.

El tiempo que tuvimos que andar juntos ya pasó, pero lo maravilloso de haber sentido tu compañía quedará por siempre en mi memoria.

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