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Lecturas, Los tiempos. Domingo 11 de Agosto. 2013.

Lecturas, Los tiempos. Domingo 11 de Agosto. 2013.

La imagen corresponde a la publicación de la primera parte de un cuento inédito, que publico entero, a continuación.

La Partida

Tenía que despedirse de su padre, tenía que, sin importar si quería hacerlo o no. Había tratado de no pensar en ello, así las cosas se sucederían más naturalmente. Saludaría a su padre, él le preguntaría si todo está bien; “Sí, todo bien” contestaría ella con la convicción de siempre; entonces hablarían del clima o tal vez de las plantas que se secan en el jardín. Y sólo al momento de despedirse, cuando su padre le hiciera la pregunta, más por cortesía que por realmente ser  importante, ella respondería “La siguiente semana no podré venir, voy a estar de viaje”;  su padre seguramente le preguntaría “Y a donde” y ella respondería sin hacer ningún énfasis “Me voy a España”. Ninguna palabra más sería necesaria. Ambos sabrían que el abrazo de despedida, podría ser el último que se dieran en la vida.

Mientras iba en el autobús, se preguntaba si su padre ya se habría enterado, las noticias vuelan, especialmente los chismes; así que era muy posible que todo el mundo ya lo hubiera asimilado, incluso más que ella misma. No sabía si sentir alivio por no tener que decirle o empezar a sentir el tedio de las preguntas que seguramente antecederían a las recomendaciones paternales para el viaje, las cuales extenderían sin mucho problema su visita en una o dos horas más del tiempo previsto. Esperaba sinceramente que no se hubiera enterado, tener que decirle ella y así no dejarle tiempo suficiente de reaccionar en su presencia.

Seguramente, si le daba la oportunidad, él trataría de disuadirla, de convencerla que no necesita irse para tener una buena vida, que aquí hay buenos chances si uno sabe buscar. Seguramente le ofrecería incluso vender la casa si era una cuestión de dinero; pero ella no estaba dispuesta a ceder, lo había decidido. Estaba tan excitada por la expectativa de una nueva vida, llena de gente nueva, de oportunidades emocionantes, que no hubiera cambiado ese viaje por ninguna cosa en el mundo. Quería empezar de cero, poder ser otra persona, hacer de cuenta que nunca fue la Marissa que es hoy, ser una mujer totalmente nueva y feliz.

Marissa vendría hoy, era el día programado tácitamente por ambos para la visita, ella siempre llegaba con un ademán de noticia inesperada y él la recibía con un gesto de sorpresa. Su hija había sido siempre muy tímida y ahora él se sentía culpable por haberla protegido demasiado en su niñez. Por eso ahora la dejaba ser, no le hacía ningún tipo de preguntas personales y generalmente no tenían mucho de qué hablar. Muchas veces la había notado aburrida en su presencia, pero el trataba siempre de buscar algún tema de conversación, habían llegado a hablar incluso, más de una vez, de las rosas secas que él no había plantado en el jardín.

Los días de visita, él lavaba los individuales y los ponía a la mesa, con un par de tazas encima; así ella no podía escapar al tecito de la tarde, y aunque se lo bebiera rápido, les daba al menos algo de tiempo para estar juntos en silencio. Hoy, media hora antes del momento en que la vería llegar detrás de sus ojos adormilados, ya tenía la mesa lista y el agua hervida, sacó el pan de la olla y lo dejó en una bolsa plástica, sobre el panero. Se sentó a esperar.

Anteayer le habían dado una noticia que lo había dejado desconcertado. En ese momento no sabía muy bien que sentir, no podía evitar el temor, tuvo ganas de llorar, pero al mismo tiempo pensó en su soledad, en la ropa de su esposa que llevaba años guardada en el mismo ropero, en su hija, en su perro y único compañero muerto hace poco más de un mes. No pudo llorar, ya no tenía las lágrimas necesarias. Además siempre había pensado que el llanto de los ancianos es poco menos que patético.

Había tenido estos dos días para pensar en cómo debía actuar frente a Marissa, si debía tocar el tema o mejor no, tal vez debía esperar a que ella empezara a hablar de eso, tal vez recordara lo que él le había anunciado la semana pasada. Pero tal vez no. Sentado en el sillón, bajo la penumbra de las cortinas que alguna vez fueron azules, había decidido que lo mejor era fingir que nada pasaba hasta el momento de despedirse, y si Marissa no decía nada hasta entonces, dejarse quebrar en el último instante. Darle la noticia. Le había dicho, en la anterior visita, que esta semana debía acudir al médico, lo que no le dijo era que tenía cáncer terminal, que había hecho metástasis en el hígado. No le quedaban muchos días de vida. No sabía como iría a reaccionar su hija. Nunca tuvieron una buena relación. Prefirió pensar en otra cosa antes que tratar de adivinar el diálogo y humedecer sus ojos antes de tiempo.

Marissa llega a la casa de su padre. Atraviesa la puerta y descubre al anciano pensativo, mirando hacia la caldera que exhala un vapor sin prisas. Su padre la mira, ella le extiende una mirada de infinito cariño, él contesta con una mirada triste, pero por la edad y las ojeras, Marissa no la distingue. Para ella es la mirada de sorpresa con la que él siempre la recibe. Está más calvo y más delgado, mucho más delgado. Por su parte, el anciano piensa que su hija tiene hoy un brillo especial, se ve más feliz, incluso lo abraza. Mientras recibe el abrazo, piensa que es mejor no arrebatarle su brillo.

Las personas tienden a ser poco sinceras. Marissa examina la posibilidad de esconderle la noticia a su padre y ahorrarse una dramática despedida. Su padre piensa lo mismo. No saben que arruinan su oportunidad de, por una vez, comprender al otro, de entender las miradas tristes y los brillos nuevos, de abrazar con sinceridad y llorar en el hombro, de olvidar los malos años y darle una oportunidad a las nuevas relaciones personales. Sí, nuevas, aunque esta relación fuera de toda una vida, era una relación personal mediocre. Pero parece ser que las personas gustan de las relaciones personales mediocres. Entonces, viéndolo así, está bien que este anciano que bebe de su taza de porcelana, no pueda mirar a otro lugar más que al panero sobre la mesa, luchando porque la bola de lágrimas le permita tragarse cada sorbo de té caliente. Entonces está bien que se quede en silencio mientras Marissa habla de quien sabe qué, está bien que pose de momento en momento sus ojos, que expresan las cosas de manera equívoca, sobre los de su hija y no diga nada. Si las personas huyen de la verdad y les gusta mentir, para no perder en la batalla que ellos mismos inventaron, entonces está bien que Marissa le cuente a su padre anécdotas inventadas y mastique el pan mirando en dirección a la ventana. Entonces está bien que sea un adiós a medias, que cada uno cuente en su corazón este té de las cinco como el último juntos. Entonces está bien que se pierdan en su orgullo, en su perdón infinito, en su lástima. Entonces son una familia feliz.

Domingo 11 de agosto del 2013.

Sigo viva

He estado mucho tiempo sin postear nada en este blog, y hoy al navegar y ver posts de bloggers bolivianos, me dio nostalgia la Ernestina de mi vida.

Y bueno, este es un post más bien personal, a diferencia de lo que escribo usualmente aquí. Y es porque no he estado haciendo literatura estos últimos meses, lo cual es una pena porque se supone que debería estar preparando una novela para un concurso en el que aposté  con mi amigo Rodrigo Urquiola (¡quien me lleva ventaja porque ya se ganó una mención especial en un anterior concurso!).

En fin, quería que supieran, ustedes y la susodicha, que no he olvidado a la Ernestina. Es más ella es la culpable de que no tenga tiempo para pensar en escribir nuevas historias. Y es que ahora tengo un nuevo proyecto en el que estoy súper involucrada, día y noche. Se trata de una revista, cuyo nombre es La Ernestina  (valga la redundancia) de contenido cultural, intelectual y artístico. El primer número saldrá en el mes de noviembre y tendremos entrevistas a artistas bolivianos, como ser el escritor Adolfo Cáceres Romero y muchos otros, además de artículos interesantes con respecto al culto que gira en torno a la muerte. A manera de celebrar a lo boliviano el dos de noviembre (todos santos).

Espero con ansias el dia de la presentación de la revista, ya que en ese momento sabré que las cosas pueden marchar por sí solas, y dedicarme por completo a ganarle al Rodriguito.

Y ya que nunca dejaré de escribir, espero encontrarlos aquí para mi próxima publicación!

Muchas gracias por continuar leyéndome, es lindo saber que hay alguien del otro lado de la pantalla.

Ésta era el alma de Clement Dufraisse, quien vino a morir alegremente un verano de 1984 en esta vasta extensión de llanuras y riscos, perdida en medio de tierras todavía más multiformes, llamada Bolivia.

Él había muerto, y muchos otros lo habían seguido atraídos por el candor radiante de la gravedad en movimiento que los azotaba rítmicamente contra techos, paredes y ventanas del autobús en el que se aventuraban a los Yungas.

Una vez vencido el dolor, junto con las confusiones de pertenencias y extremidades repartidas por aquí y por allá  a lo largo del camino; todas las almas cobradas se dispusieron a partir en su peregrinación de regreso a casa. Lo que ellas desconocían  era que, habiendo sucumbido ante la muerte, en un lugar tan mágico y a la vez tan lleno de neblina como éste, y teniendo en cuenta la frágil memoria de la que los muertos hacen gala, jamás encontrarían el camino de regreso. Por lo menos no hasta que alguien piadoso se encargara de enterrarlos.

Clement estaba muy acongojado, porque para él la cosa no era tan sencilla; si bien, en caso de ser encontrado y llevado por alguien para luego ser enterrado por ahí, reposaría  en un bonito cementerio, junto a sus compañeros caídos, jamás podría encontrar el camino de regreso a su emotiva Paris, llena de luces y desamores en francés. Pensar en esto lo llevaba cada día a vagar en medio de la selva, sumido en la más profunda pena.

Un día, una caravana de almas llegó como en peregrinaje, y las almas de este lado se unieron a ellas en su lento vagar que, a diferencia del suyo, parecía tener un destino. Primero, todas iban en una misma dirección y, de a poco, se fueron separando en hileras de almas penantes, por entre los húmedos árboles yungueños. Clement les preguntó a donde iban y los que contestaban decían que sólo seguían el canto y las luces de las velas con olor a bizcocho; el francés tuvo que seguirlos, porque, aunque no sintiera ningún olor ni oyera ningún canto, no tenía nada que perder; al contrario, sentía cierto temor ante la posibilidad de quedarse solo en medio de aquel campamento de cadáveres improvisado.

Todas las almas con las que había salido del autobús iban tras del primer grupo, al que una que otra se iban uniendo en el camino. Aunque él no escuchaba ni veía nada; podía notar que los otros entonaban cantos y tenían las miradas perdidas, como si siguieran a luciérnagas invisibles que los guiaban, atravesando ríos, árboles y precipicios. Así anduvieron durante todo el día, pero ya para la noche, el olor de bizcocho alguien se lo había comido y las luciérnagas una a una se habían derretido.

Se encontraron perdidos cerca de una pequeña cascada y, no muy lejos, se divisaban casitas con luces y perros cantores que no dejaron, ni un momento, de gritarles en su idioma áspero y hostil.

Se sintieron huérfanos y la tristeza los hizo vacilar. Pero la alegría de poder encontrar una comunidad de vivos pudo más en ellos. Clement pensó que se le antojaba un vino seco, para olvidar lo mal que lo había tratado la vida esta última temporada, y a los demás les dio sed de chicha. Así fue que se acercaron al pueblito, dispuestos a calmar su sed;  atravesando las paredes de las casas, encontraron más almas que pacientes sorbían por la punta de una pajita las chichas y la sopa de maní que habían encontrado servidas. Un tanto confundidos, pero más contentos, se sumaron a la comilona. Todos comieron cuanto pudieron, dejando huecos y sin alma los platos intactos de sopa, frutas, tantawawas y bizcochos; compartieron las totumas de chicha de durazno, el guarapo y los vasitos de agua; jugaron con las escaleras que los llevaban a ningún lado y se amontonaron, hombro con hombro, para dormir olvidando.

Al día siguiente, las luces los llevaron por un estrecho sendero y los pasearon a través del pequeño y florido cementerio; atraídos, nuevamente, por la comida abundante y los cánticos trabalenguados. Clement no encontró les croissants que tanto le gustaban, pero disfrutó de la fiesta, tanto como los demás. Todo el día estas almas se encargaron de socializar entre ellas, y así, finalmente, Clement concluyó que era francés de nacimiento pero ahora era boliviano de fallecimiento. La conclusión le hizo mucha gracia, y pensó que tal vez había bebido el guarapo de más.

Cuando hubo terminado la romería, ya las luces habían sucumbido ante la falta de cera y habían muerto. Todas las almas tomaron su lugar en el cementerio. Pero los recién llegados eran desposeídos en esta florida vecindad, por lo menos hasta que algún piadoso se dignara a enterrarlos.

Clement y los demás volvieron a vagar por los pasillos del cementerio y por algunas calles de la ciudad, persiguiendo luces, tratando de recordar y de volver a casa.

Ese año, en la pequeña comunidad yungueña de junto a la cascada, hubieron muchas brisas de mal agüero y terribles sustos en los callejones, además de los incontables accidentes registrados de gente que había caído escaleras abajo, cuando trataban de atornillar sus bombillas eléctricas, arrebatados por la fugaz aparición de fantasmas que no anunciaban nada, no protegían a nadie y a los cuales nadie recordaba. Fantasmas de lo más variado, incluso estaban los que asustaban en francés y los que no entendían ningún conjuro o ramita de retama, nunca dándose por aludidos al momento de ser ahuyentados. Fantasmas con la mirada triste.

Mi fin de semana transcurrió entre La Paz, Oruro y Obrajes.

El primer dia, caminé por toda La Paz con mi mochila super pesada y miles de chompas encima. (Me sentí turista) Compré cosas para Juanito y las rebajas (mi canon XSI) y cené sandwich de huevo preparado con amor de madre por una amiga que no come sal.

La primera noche dormí en un sleeping en el suelo frio de La Paz, con un cierto temor a los íncubos que habitaban la casa de mi anfitriona.

El segundo día por fin pude bañarme! Desayuné tostadas. Fui a pasar clases de Literatura, aprendí que tragedia no significa lo que todos pensamos y que la expresión: “mi vida es una tragedia” no tiene ni pizca del sentido que queremos darle. Almorcé super rico: choclos, aceitunas, queso y jamón (sin picar y sin calentar, todo directo de la bolsa a un plato). Le dije “te quiero mucho” a la amiga que no come sal. Es cierto.

La segunda noche dormí en Oruro, en un hotel de 120bs mirando tele y con la intención de quedarme viéndola hasta que los ojos ya no los pudiera mantener abiertos, y de aburrimiento hasta traté de encontrar el canal XXX, sin suerte. Una eternidad después, tuve que apagar la tele y esperar a que fuera mi monólogo quien me dejara dormida. Tuve suerte.

El tercer dia, desayuné café con leche y huevos revueltos con tostadas, salí con el cabello mojado del hotel y sentí que se congelaba mi cerebro. Visité a todo el mundo, tomé fotos a la aduana de Oruro que se había incendiado, salieron feas. Almorcé con doble postre.

La tercera noche, las frazadas pesaban tanto que se me adormecieron las piernas como seis veces.

El cuarto dia desperté a las nueve y media, directo para una excursión cristiana con viejos amigos. Desayuné chocolate con leche y berlin con carita feliz. Fue un viaje no muy largo a Obrajes (no pude meterme a la piscina pq no llevé la ropa adecuada, y no podía entrar desnuda) así que me la pasé fotografiando gaviotas y patitos ♥ mi pobre cámara se llenó de arena y yo me quemé la piel del rostro, no llevé gorra pero alguien se ofreció a prestarme la suya, que ya venía mojada tras un peleado partido de beisbol.

La cuarta noche estaba tan cansada que no me di cuenta que no me había puesto las medias para dormir.

El quinto día mi viaje fue muy largo y demasiado sofocante.

Esta noche dormiré bien. I’m home.

¿Pueblos hermanos?

Akineh Mohammadi Ashtiani, la mujer iraní que había sido condenada a muerte al ser encontrada culpable por el crimen de adulterio, (incluso cuando ya su esposo había muerto) ha sido recien rescatada de morir lapidada. Pero, si bien ella se salvó (por lo pronto) de morir de una manera tan brutal, (ser enterrada hasta el cuello y recibir pedradas en la  cabeza hasta morir), otras catorce personas esperan su momento en que sus vidas serán cobradas por la “justicia” de esta manera.

Akineh en cierto modo tuvo suerte, pues sus hijos, valientes activistas, se movilizaron logrando un enorme respaldo internacional, para que su sentencia a muerte por lapidación fuera si no removida por completo, por lo menos postergada (es probable que la cuelguen de todas formas) Akineh tuvo la suerte que las miles de mujeres en su pais, ahora muertas, hubieran deseado tener, la suerte que aún estas catorce personas sentenciadas, con un pequeño hilito de esperanza, desean para sí. Al pensar en la suerte de Akineh, me pongo a pensar,  muchísimo más por supuesto, en su mala suerte al haber nacido en un pais tan machista, salvaje (entiéndase salvaje como religioso extremista) e inhumano llamado Iran. Surge automáticamente la pregunta de cuanta suerte tengo yo. Cuanta suerte tiene la mujer boliviana (por lo menos la boliviana, sino la latina, la americana, la europea) de tener la libertad de mostrar el rostro, de casarse y divorciarse cuantas veces quiera, de tener las relaciones que se le apetezcan sin obtener a cambio nada más que miradas reprobatorias de las beatas más viejas del barrio. Libertad de vivir como se debe, de una vida digna, de un trato humano sin importar si eres hombre o mujer. Si bien hay que admitir que falta mucho por andar para ser completamente libres del yugo machista de nuestra sociedad, también hay que admitir que, comparada con semejante barbarismo religioso del islam la sociedad boliviana es una sociedad paradisiaca.

Ahora bien, gracias a esta nota recordé que Bolivia anda en unas relaciones diplomáticas muy buenas con este pais islamista, y me puse a buscar acerca de estos tratados, encontré muchas cosas, (incluidas las “advertencias” de Usa por nuestras decisiones políticas, pero ese es otro rollo) y las más hablan de política y de programas nucleares, de lo cual yo deliberadamente excluyo cualquier opinión personal; encontré por ahí las fotos de nuestras mujeres bolivianas vistiendo turbantes islámicos en un hospital construido en El Alto con financiamiento iraní. ¿Donde está nuestra libertad? me pregunto cual será la reacción de los iranies si, en una visita a su flamantito hospital descubren que esa sexy enfermera divorciada no solo se acuesta con el médico de turno sino que ha estado coqueteando con el que hace la limpieza (si, con el turbante incluido) ¿se les ocurrirá que matarla sería una buena idea? de seguro se les haría agua la boca tan solo de imaginar que lanzan la primera piedra contra su linda cabeza cuyo cuerpo es nada más que la vasta tierra que pronto será regada por su sangre caliente. Pues en Bolivia no somos así, me molestó mucho leer las palabras del presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad en una visita el 2007: “Esta visita es el inicio de relaciones amplias entre ambos gobiernos y ambos pueblos hermanos” pueblos hermanos dice, y me causa repulsión. Bolivia no es ni será hermana de un pais que apedrea a sus mujeres (o/y hombres), indefensas con las manos y los pies atados por la tierra.

Estoy consciente de que aqui en Bolivia tenemos nuestros propios dramas de abuso de poder, claro ejemplo los linchamientos: turbas enfurecidas idiotizadas que sin escuchar razones se regocijan en la violencia. Estamos tratando de superar todo eso, de ser un pais con naciones que respeten la vida por sobre todo, y no vamos a ir para atras. Espero que Evo Morales (a quien admiro mucho por cierto) se de cuenta de lo amoral que resulta ser amiguitos del abusivo, tener relaciones de amistad con un pais tan machista, retrógrada, salvaje y barbárico. Al leer estas noticias, que se pregunte si él condenaría a muerte a una mujer boliviana viuda, por mantener una relación con otro hombre. ¿La condenaría a morir lapidada? ¿Se siente bien sabiendo que su colega presidente aprueba esta forma de justicia? Creo que es momento de pensar.

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