A mis once años, mis papás se divorciaban. Yo vivía con mi mamá. Mi hermano, cinco años menor, se fue a vivir a otra ciudad con mi papá. Siempre recuerdo ese año como el año más importante de todos. Me pasaba la mañana entera llorando en lugar de hacer los deberes del colegio, y la tarde castigada por los profesores, por no traer los deberes. Me pusieron a un colegio de chicas. Yo era uno o dos años menor que mis compañeras y había llegado unos dos meses después de que empezaran clases, entonces los grupos ya estaban formados y no había mucho lugar para la alumna nueva, depresiva, infantil y con un sentido del humor extraño. Así que muchas veces me quedaba fuera de clase y me escondía del regente trepada en los árboles del patio de atrás.

Fue un año muy triste. Pero tengo la certeza que eso mismo fue lo que marcó tan profundamente mi vida. Recuerdo que mi mamá estudiaba en la universidad por las mañanas, yo tenía que ordenar la casa, obviamente no lo hacía. Cuando finalmente me aburrí del eterno casette de música latina y de todos los libros infantiles que me sobraban de la infancia, empecé a husmear entre los textos universitarios de mi mamá. Encontré Cien años de soledad, un libro gordo con una especie de planta florida y golondrinas dibujadas en la portada. Ahí empezó la segunda etapa de mi vida.

Me sumergí en su lectura todo el día, habían veces que tenía que volver páginas atrás y releer varias veces, porque no me creía lo que estaba leyendo. Creía que estaba loca por encariñarme de tal manera con el gitano manos de gorrión, que hasta lloraba junto a José Arcadio Buendía cuando lo veía reaparecer demacrado, sin dientes y envejecido. Soñaba con la expedición para encontrar el mar y veía las enormes piedras blancas como huevos prehistóricos en todos lados. Macondo para mí era un lugar sagrado. Llegué a la adolescencia inspirada en los dramas y los desamores de Rebeca y Amaranta, en sus manías, quería saber cual era el sabor de la tierra y la cal de las paredes, quería llamarme Amaranta. Fui incapaz de continuar mi lectura, por las lluvias en mis ojos, cuando José Arcadio Buendía fue atado al árbol y le llovía encima. Las muertes de esos personajes, la sensación de abandono que me provocaban cuando se iban. Ése se había convertido en mi verdadero drama.

Ese año fue fatal para mis estudios escolares, pero el mejor de toda mi vida. No me esforcé en aprender la tabla de metales porque empezaba, sin saberlo, mi viaje por el camino de la literatura, de la magia, del “todo es posible”. Ese año, en lugar de hacer las tareas y estudiar vectores, me la pasaba vagando por los pasillos de la biblioteca. Tenía acceso ilimitado a los libros gracias a que la bibliotecaria era tia de una amiga, yo le rogaba para dejarme llevarla en mi bicicleta a su casa, porque así me dejaba llevarme los libros hasta el día siguiente. A Cien años de soledad le siguieron Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El relato de un náufrago, etc. Un libro cada tres dias. Yo quería más, más y más.

A mi doce años estaba repitiendo el octavo de primaria, pero me había convertido en una experta en García Márquez. El buen Gabo me salvó de la depresión, el maestro Gabo me enseñó a escribir, mi amado Gabo me enseñó la necesidad de contar historias, de necesitarlas para vivir. Hace quince años, cuando él cumplía setenta, yo descubría que los únicos límites reales son los de mi imaginación. Es por eso que hoy, en su cumpleaños, imagino que lo abrazo y que le regalo un libro. Hoy imagino que lee un cuento mío y sonrie mientras aclara la garganta, se acomoda en su asiento y empieza una charla que durará horas, dispuesto a enseñarme algo más.

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