Ésta era el alma de Clement Dufraisse, quien vino a morir alegremente un verano de 1984 en esta vasta extensión de llanuras y riscos, perdida en medio de tierras todavía más multiformes, llamada Bolivia.

Él había muerto, y muchos otros lo habían seguido atraídos por el candor radiante de la gravedad en movimiento que los azotaba rítmicamente contra techos, paredes y ventanas del autobús en el que se aventuraban a los Yungas.

Una vez vencido el dolor, junto con las confusiones de pertenencias y extremidades repartidas por aquí y por allá  a lo largo del camino; todas las almas cobradas se dispusieron a partir en su peregrinación de regreso a casa. Lo que ellas desconocían  era que, habiendo sucumbido ante la muerte, en un lugar tan mágico y a la vez tan lleno de neblina como éste, y teniendo en cuenta la frágil memoria de la que los muertos hacen gala, jamás encontrarían el camino de regreso. Por lo menos no hasta que alguien piadoso se encargara de enterrarlos.

Clement estaba muy acongojado, porque para él la cosa no era tan sencilla; si bien, en caso de ser encontrado y llevado por alguien para luego ser enterrado por ahí, reposaría  en un bonito cementerio, junto a sus compañeros caídos, jamás podría encontrar el camino de regreso a su emotiva Paris, llena de luces y desamores en francés. Pensar en esto lo llevaba cada día a vagar en medio de la selva, sumido en la más profunda pena.

Un día, una caravana de almas llegó como en peregrinaje, y las almas de este lado se unieron a ellas en su lento vagar que, a diferencia del suyo, parecía tener un destino. Primero, todas iban en una misma dirección y, de a poco, se fueron separando en hileras de almas penantes, por entre los húmedos árboles yungueños. Clement les preguntó a donde iban y los que contestaban decían que sólo seguían el canto y las luces de las velas con olor a bizcocho; el francés tuvo que seguirlos, porque, aunque no sintiera ningún olor ni oyera ningún canto, no tenía nada que perder; al contrario, sentía cierto temor ante la posibilidad de quedarse solo en medio de aquel campamento de cadáveres improvisado.

Todas las almas con las que había salido del autobús iban tras del primer grupo, al que una que otra se iban uniendo en el camino. Aunque él no escuchaba ni veía nada; podía notar que los otros entonaban cantos y tenían las miradas perdidas, como si siguieran a luciérnagas invisibles que los guiaban, atravesando ríos, árboles y precipicios. Así anduvieron durante todo el día, pero ya para la noche, el olor de bizcocho alguien se lo había comido y las luciérnagas una a una se habían derretido.

Se encontraron perdidos cerca de una pequeña cascada y, no muy lejos, se divisaban casitas con luces y perros cantores que no dejaron, ni un momento, de gritarles en su idioma áspero y hostil.

Se sintieron huérfanos y la tristeza los hizo vacilar. Pero la alegría de poder encontrar una comunidad de vivos pudo más en ellos. Clement pensó que se le antojaba un vino seco, para olvidar lo mal que lo había tratado la vida esta última temporada, y a los demás les dio sed de chicha. Así fue que se acercaron al pueblito, dispuestos a calmar su sed;  atravesando las paredes de las casas, encontraron más almas que pacientes sorbían por la punta de una pajita las chichas y la sopa de maní que habían encontrado servidas. Un tanto confundidos, pero más contentos, se sumaron a la comilona. Todos comieron cuanto pudieron, dejando huecos y sin alma los platos intactos de sopa, frutas, tantawawas y bizcochos; compartieron las totumas de chicha de durazno, el guarapo y los vasitos de agua; jugaron con las escaleras que los llevaban a ningún lado y se amontonaron, hombro con hombro, para dormir olvidando.

Al día siguiente, las luces los llevaron por un estrecho sendero y los pasearon a través del pequeño y florido cementerio; atraídos, nuevamente, por la comida abundante y los cánticos trabalenguados. Clement no encontró les croissants que tanto le gustaban, pero disfrutó de la fiesta, tanto como los demás. Todo el día estas almas se encargaron de socializar entre ellas, y así, finalmente, Clement concluyó que era francés de nacimiento pero ahora era boliviano de fallecimiento. La conclusión le hizo mucha gracia, y pensó que tal vez había bebido el guarapo de más.

Cuando hubo terminado la romería, ya las luces habían sucumbido ante la falta de cera y habían muerto. Todas las almas tomaron su lugar en el cementerio. Pero los recién llegados eran desposeídos en esta florida vecindad, por lo menos hasta que algún piadoso se dignara a enterrarlos.

Clement y los demás volvieron a vagar por los pasillos del cementerio y por algunas calles de la ciudad, persiguiendo luces, tratando de recordar y de volver a casa.

Ese año, en la pequeña comunidad yungueña de junto a la cascada, hubieron muchas brisas de mal agüero y terribles sustos en los callejones, además de los incontables accidentes registrados de gente que había caído escaleras abajo, cuando trataban de atornillar sus bombillas eléctricas, arrebatados por la fugaz aparición de fantasmas que no anunciaban nada, no protegían a nadie y a los cuales nadie recordaba. Fantasmas de lo más variado, incluso estaban los que asustaban en francés y los que no entendían ningún conjuro o ramita de retama, nunca dándose por aludidos al momento de ser ahuyentados. Fantasmas con la mirada triste.

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