Un puente, o más bien una calle sobre las casas. Sin inclinaciones, con una baranda negra de metal decorada sobre la orilla que cuelga, la que te deja mirar los techos de algunas casitas. Si te subes sobre la pequeña acera puedes meter un pie entre los círculos negros que decoran la baranda; puedes mirar también los pequeños arbustos encerrados que pusieron cada cierto trecho al pie de la baranda. No estás segura de si es una calle o una placita, tiene asientos sí, pero el espacio vacío del medio es lo suficientemente grande como para que pasen los autos. Parece que hay neblina, pero no estás segura tal vez sean sólo que los recuerdos se empañaron. Ojala algún día pudieras volver ahí, es un lugar que siempre vive en tu memoria. Los adoquines en el piso, “son rectángulos” dirías si volvieras ahí ahora con tus botas calientes y tus pantimedias rojas de lana debajo del vestido, no sabemos si llevas guantes pero llevas gorro y chalina; tu cabello descansa por debajo de tus hombros, por encima de tu chalina; nunca podemos hacernos una imagen real de ti cuando eras niña. No tienes fotos, nada más una, pero no quieres hablar de ella. Supongo que tendrías los labios rojos y los ojos curiosos, tal vez un poco tristes; tú asientes, estás de acuerdo. Ojos tristes y cejas oscuras, orejas frías, nariz fría también, te tocas la nariz. En ese entonces eras tú nada más, todavía no tenías hermanito ni llorabas por él. La nariz fría duele a veces, pero esta vez no, esta vez todo es muy lindo, hasta el frio que tiene un color blanco te gusta; aunque nunca has reclamado por eso, es más hasta ahora no tenemos ningún recuerdo del frío, es como si hubiera estado detrás tuyo siempre pero sin dejar que lo notaras, como si respetara tus chompitas de lana, que eran varias por cierto; tejidas por la mamá, sí esas chompas de las cuales no sabemos el color porque las olvidaste, pero si recuerdas el vestido rojo cuyo sombrero de lana odiabas; y que, caprichosa nunca quisiste ponértelo. Sin embargo ahora daría cualquier cosa por tenerlo aquí, porque fuera real, por poder saber el tamaño que tu cabeza tenía cuando tenías cuatro. Cuando vivías en La Paz, cuando jugabas en esa calle-parque mientras la tía hablaba con nuestra mamá, lo más probable es que la hiciera llorar, pero no sabes, no lo recuerdas. Tú no estabas ahí, tú estabas colgada de la baranda negra, mirando los techos de las casas, más bien sus paredes e imaginando sus techos regados por la fresca y menuda lluvia. Jugabas en la baranda, no sabemos qué, tal vez sólo imaginas que jugabas, y no recuerdas si la baranda estaba fría, por eso no sabemos si tenías guantes o ya no. Pero si sabemos que tenías gorro porque tu cabello no está sobre tu cara, no molesta, no vuela con el viento; solo se pega a tu chompa en la parte de los hombros, a veces también se pega a tus mejillas frías y a tu nariz fría. Como habrás sido tú niña, como habrás descubierto el mundo que ahora vienes cada vez a amargarme, a impregnarme de tu nostalgia infantil, tu nostalgia de un puente o una calle con barandas, nostalgia que me hace pensar en neblina, pero para ti es el color blanco del frio que no sentías pero que te resfriaba, que congelaba la nariz húmeda de mamá, su nariz húmeda de lágrimas de tanto llorar; su nariz roja. No la recuerdas de ese día pero sabes que cuando lloraba era así y está siempre presente en esos recuerdos, esas nostalgias. No son nostalgias felices, sin embargo las añoras, no son las nostalgias infantiles normales, de risas parques y niños jugando. Las tuyas son tristes, de parques solitarios, neblina blanca, ancianos andando, tus pies en el hueco redondo de la baranda. Tus cabellos pegados a veces a tus húmedos labios, labios que no dicen nada, labios silenciosos medio abiertos mirando absortos el mundo, ese pequeño mundo de una cuadra; observando, tratando de descifrar cada detalle de la cuadra borrosa por la neblina. Asientos de madera viejos, en el piso rectángulos que tú no sabías qué eran, pero que grabaste en tu memoria para siempre, rectángulos de piedra, la gente los volvió lisos de tanto andar por ahí, pero tú nunca los viste pasar; seguro pasan a otra hora ésta es la hora de los ancianos solitarios, de la niña de las pantis rojas que trepa a la baranda como si quisiera ser más grande, la hora de las mamás que seguramente lloran en alguna banca junto a sus hermanas, la hora de encontrar el lugar más recóndito dentro de mi corazón para grabarte ahí, con tus cuatro años, y no querer salir jamás, para venir y molestarme cada vez que pienso en La Paz, cada vez que pienso en mi niñez. Como habrás sido tú niña de cuatro que no tienes fotos y que inventas las cosas para mentirme, para engañarme. Para hacerme llorar.

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