Dicen que el tiempo cura las heridas, que lleva al olvido. Yo lo aprendí al verte ayer. Anochecía, el cálido aroma del atardecer que se iba me trajo viejos recuerdos, ¿Diez años? quizás doce, no tiene importancia. Había estado todo ese tiempo esperándote, desde el día en que te fuiste sin decir porque. Te esperé convencida de que eras el hombre de mi vida, recordando nuestras tardes juntos. Tuve ciertos romances, sí, pero todos acabaron rápidamente al no encontrar en ellos lo que había perdido en ti. Por las noches miraba las estrellas convencida de que mi destino era volverte a ver y, cuando lo hiciera, imaginaba que corría a tus brazos y te llenaba de besos; tú, avergonzado por tal arrebato de amor en un lugar público, me tomarías de la mano y me llevarías lejos de ellos. Entonces estaríamos juntos, felices para siempre, desde el primer momento hasta el último. Debo reconocerlo, creí que jamás me repondría de tu pérdida, que jamás te olvidaría, pero el no recordar detalles tuyos, hizo que te idealizara. Ayer, cuando esperaba un taxi, parada frente a la plazuela, en medio de los gritos de los loros volando entre los árboles y el sonido de las bocinas que saturaban mis sentidos, tú te asomaste por detrás; primero me inquietó la presencia de alguien tan cerca de mí; luego, cuando me di vuelta, me espanté al ver tu cara sonriendo. Al principio no te reconocí, pero cuando me dijiste hola, te vi, vi tus ojos y te encontré. No supe cómo reaccionar, te veías tan diferente; hablamos unos minutos. Tu recuerdo, el tú que vivía en mi mente era más alto, con una voz más segura y mucho más interesante; tú te ves un poco más gordo, bromeas mal, te ríes entrecortando tus frases. Me pediste mi número “para hacer algo”, me disculpé y te dije que recién me quedé sin línea. En ese momento me despedí, y al irme caminando, sin saber a dónde, con la mirada asustada y una sonrisa en los labios, entendí que todos los años de esperarte en realidad me habían hecho olvidarte, no eras tú al que amaba. Entonces supe que, al despedirme, lo había hecho para siempre.